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EVARISTO CARRIEGO(1)
Jos»
Gabriel *

*
Destacado ensayista y escritor argentino de origen
espałol. Sus obras m
s significativas: "La fonda",
"La bandera celeste", "Vida del General
Lamadrid" y "Vida y muerte en Arag€n"
-
Acompałan
la presente edici€n las nota publicada en la revista
"Pegaso" de Montevideo, de Vicente A.
Salaverry y la de AnĂbal Ponce, aparecida en la
revista "Nosotros", de Buenos Aires.
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UNA
VIDA SIMPLE
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Naci€ Evaristo Carriego, poeta de Buenos Aires, el
dĂa 7 de mayo de 1883, en la ciudad de Paran
, capital
de la provincia de Entre RĂos.
En la polĂtica y en el periodismo entrerrianos, a
fines del siglo ôltimo figur€ con singular relieve
un Evaristo Federico Carriego, afamado, sobre todo
Ç y tambi»n temido Ç como polemista. Era el abuelo
del poeta. Tuvo un hijo, llamado Evaristo Federico
tambi»n. Cas€ este ôltimo con doła Angela Giorello,
en la misma ciudad de Paran
, y de esa uni€n naci€
nuestro poeta, que como el padre y el abuelo, se llam€
Evaristo Federico.
Hasta 1887, Carriego permaneci€ en su ciudad natal.
A los cuatro ałos de edad, la familia se traslad€
a Buenos Aires. Residi€ dos meses aquĂ; luego por
espacio de dos ałos, en La Plata, y por ôltimo, en
1889, se radic€ definitivamente en la capital federal.
TenĂa entonces el chico seis ałos y fue enviado a
la escuela primaria. Se mostr€ sumamente aplicado
al estudio. Desde el comienzo, dio prueba de una memoria
excepcional. Cuentan los suyos, que, a poco de iniciado
en la escuela, vino a casa y se puso a leer de corrido
las p
ginas de un texto escolar: las habĂa aprendido
de memoria, punto por punto, en una lectura de la
maestra.
La primera escuela a que concurri€, era particular:
la de las sełoritas Negri, conocidas educadoras argentinas.
Curs€ en ella los tres primeros grados; del tercero
al sexto, estudi€ en la escuela pôblica RodrĂguez
Peła. Concluidos los estudios elementales, inici€
los secundarios; rindi€ hasta el tercer ało, incluso,
en el colegio nacional Sarmiento, entonces denominado
colegio nacional Norte. HabĂa mostrado afici€n por
la carrera de las armas, y tent€ el ingreso en el
Colegio Militar; pero, examinado fĂsicamente result€
corto de vista, por lo que no fue admitido en el instituto.
Entonces, dej€ todo estudio regular y se dedic€ a
vagar y a leer a discreci€n sin guĂa ni m»todo.
Por el momento, como puede verse, la vida de Carriego
es de una simplicidad exterior absoluta. Su infancia,
tuvo hogar, paz, letras y una gran franquicia familiar
para tentar la realizaci€n de sus aspiraciones. Y
asĂ fue toda su vida, pl
cida exteriormente, sin objeto
inmediato y sin motivos de voluntad. Hasta aquella
gran capacidad mnem€nica y aquella cortedad visual
que habĂa revelado de niło, fueron luego sus caracterĂsticas
m
s notables.
VivĂa a la saz€n en la casita de Palermo que fue su
atalaya espiritual m
s destacada y que todavĂa ocupan
los suyos. El barrio Ç hoy modernizado, limpio, recogido,
comôn, sin malevos ni conventillos -, era lo que el
Maldonado actualmente: un suburbio miserable, destartalado,
lleno de chicos y de roła, aunque, en realidad, no
fue nunca exactamente el que nos pint€ Carriego, que
se parece mucho m
s al de la Boca. Carriego, alternaba
sus lecturas con picarescas correrĂas por el barrio,
en las que, segôn sus compałeros de entonces, nunca
se mostr€ demasiado audaz. EspĂritu esencialmente
imaginativo, sentĂa las cosas con una intensidad que
le impedĂa afrontarlas airosamente. M
s tarde, le
veremos convertido en un exaltado Quijote interior,
con apariencia y hechos de un corderillo.
Sus lecturas, eran casi exclusivamente literarias
e hist€ricas. De historia, le cautivaba la vida de
napole€n, que conocĂa muy bien; en literatura, tenĂa
marcadas preferencias por la poesĂa y la novela rom
nticas.
Nadie como Hugo, con su grandilocuencia verbal, para
encender sus entusiasmos de adolescente; nadie como
Dumas, con su habilidad en la intriga caballeresca,
para satisfacer su exaltada imaginaci€n. Y, tanto
en historia como en literatura, le atraĂa particularmente
todo lo que llevase un sello de heroĂsmo deslumbrante.
Por eso amaba tanto a don Quijote, tambi»n, y por
eso (aunque con un cierto dejo ir€nico que, por lo
menos, salvaba la natural distancia entre uno y otro
personaje) rememoraba con cariło a Juan Moreira. TodavĂa
recuerdan sus hermanos lo dado que era a luchar y
a canchar con ellos, queriendo imitar al gaucho diestro
y corajudo. Por cierto que, a pesar de ser el mayor,
era como el m
s debilucho, no siempre lograba vencerlos,
y cuando no los vencĂa directamente, les hacĂa trampas.
Debi€ empezar a escribir versos, de los diez y ocho
a los veinte ałos. A los veinte, le vemos introducido
ya en los cĂrculos intelectuales de la capital. El
primero que frecuent€, fue la redacci€n de La Protesta.
"La Protesta" Ç dice M
s y PĂ, - era
entonces no un diario anarquista, terrible y pavoroso,
sino un simple diario de ideas, donde se hacĂa m
s
literatura que acracia y donde el encanto de una bella
frase valĂa m
s que todas las aseveraciones de Kroporkine
o de Jena Grave" (1). A todos los concurrentes
a su redacci€n (en esa »poca, libre de policĂas disfrazados
de anarquistas), los unĂa, antes que una convenci€n
ideol€gica explĂcita, el supuesto de una comunidad
de aspiraciones intelectuales y la actitud verbal
rebelde (esa sĂ, comôn, sin duda alguna) ante la corrompida
sociedad burguesa, que habĂa que destruir. No era
una doctrina polĂtica, claramente comprendida y acatada
con toda responsabilidad, la que los movĂa: era un
vago Ç y muy noble, es claro Ç sentimiento de justicia
y de elevaci€n, que de socialismo y anarquismo no
tenĂa m
s que el nombre.
Carriego, en ese cĂrculo era un sołador m
s. A medida
que fue avanzando en ałos, el sentimiento nacionalista
Ç un sentimiento casi patriotero Ç fue ganando su
coraz€n. En plena juventud, hablaba con un primitivo
tono patri€tico, escudado en un impreciso ideal americanista
o criollista, y esa fue probablemente, su actitud
m
s sincera en la cuesti€n social. Sin embargo, en
sus veinte Ç en la »poca de La Protesta, -
aparecĂa como un defensor del internacionalismo que
aôn hoy habrĂa resultado izquierdista en nuestros
partidos obreros. Tres sonetos hay de esa »poca suya
que no figuran en ninguna de las ediciones de sus
versos y que de seguro recuerdan muy pocas personas.
Est
n publicados en la revista La Gaceta (2),
ya desaparecida, y se titulan Los Desheredados,
Patria... y Demoliendo. En el primero,
canta a
-
Los que lloran su noche entristecida
-
sin creer en la aurora del małana;
-
Pero que enarbolan
-
el negro pabell€n de su miseria,
-
Donde
-
...impresa
- con
sangre est
, la roja Marsellesa
- de
la triunfal revoluci€n futura!
En el segundo, reniega de "la patria que avasalla
la libertad", anhela "la patria universal
del hombre" y promete no "quemar el incienso
de su canto"
En los altares de un ideal mentido!
En el tercero, por fin, repitiendo con otro motivo
la idea contenida en los anteriores, toma como sĂmbolo
de la revoluci€n al albałil, que,
-
Cantando gime, y en su af
n profundo
-
parece que a los grandes de este mundo
-
profetizara en sus vibrantes tonos
-
que ante el golpe y la fuerza destructora
-
de la social piqueta redentora,
-
caer
n deshechos los podridos tronos!
El acento de estos versos, es vibrante y claro. Lo
es igualmente el de otra composici€n por el estilo,
publicada en MartĂn Fierro pocos meses despu»s
y no reproducida tampoco en volumen. Se titula De
la vida y es, ciertamente, segôn uno de sus propios
versos, como el "Miserere fatal de los jornales",
en el que va implĂcita una honda rebeldĂa social,
la rebeldĂa del que ve pobres de cuerpo y de alma
por culpa de los malditos opresores, a los pobres.
Con todo Ç insisto Ç no serĂa lĂcito suponer en ninguno
o casi ninguno de los tertulianos de La Protesta,
una adhesi€n franca al credo socialista; y en Carriego,
menos aôn. Era el suyo, m
s bien, un socialismo sentimental,
cuyo m€vil lo constituĂa el deseo de redimir a los
pobres de su miseria, sin saber por qu» medios. El
final mismo del tercero de los sonetos glosados ("caer
n
deshechos los podridos tronos") indica claramente
que daba a su actitud un exclusivo significado polĂtico,
es decir, que atribuĂa la causa de los males sociales
a determinadas formas de gobierno pôblico, no a la
propia constituci€n de la sociedad, como habrĂa correspondido.
Por lo dem
s, en esta su primera posici€n avanzada,
hay que ver, ante todo, el resultado de una natural
sugesti€n del medio que frecuentaba.
Literariamente, una an»cdota que refiere M
s y PĂ,
da idea clara de la situaci€n de Carriego en esta
»poca. Cuenta M
s y PĂ que, hall
ndose una tarde en
la redacci€n de La Protesta, le oy€ a un desconocido,
a su lado, pronunciar el nombre de Almafuerte.
"Arroj» la pluma Ç ałade Ç e interviniendo
un poco brutalmente en la conversaci€n, interrogu»:
- ŻQu» dice usted de Almafuerte? Ç El joven desconocido
me mir€ un momento con pequełos ojos de miope y
en vez de responder interrog€ a su vez:
- ŻY usted, qu» opina de »l? Ç Yo, respondĂ, que
es el primer poeta de nuestra lengua. - ŻY usted?
Ç Lo mismo digo ...compałero! (4)
Con veintiôn ałos de edad, un af
n socializante muy
noble, Almafuerte por poeta supremo y Juan M
s y PĂ
como amigo y conmilit€n (pues desde ese mismo momento
se hicieron muy amigos), vemos, pues, a Carriego incorporado
al ambiente literario porteło, donde poco antes nadie
conocĂa su nombre. Era la »poca de los cen
culos literarios
en Buenos Aires. En caf»s, en redacciones de peri€dicos,
en viviendas particulares, en todos lados se formaban
pequełos cĂrculos de escritores, donde diariamente
se fundaba alguna revista y se ejercitaba el ingenio
en chistes de oportunidad. Carriego, se introdujo
con gran facilidad en todos ellos. "Mientras
lo dem
s (vuelve a hablar M
s y PĂ) se retraĂan o
buscaban el natural encasillamiento de un grupo determinado,
Carriego estaba en todos y vivĂa con todos. El caf»
de los Inmortales, y el s€tano del Royal S»ller, la
Brasileła y el Bar Luzio, le vieron asiduo concurrente.
Frecuent€ la redacci€n de La Naci€n y la de
éltima Hora. No desdeł€ los grupos modestos
de principiantes y fue acogido en los m
s altos. Puede
decirse que nadie como »l entr€ m
s f
cilmente en
todos los ambientes, nadie supo hacerse aceptar con
mayor prontitud".
M
s que sus versos, era su persona lo que asĂ atraĂa.
No faltan quienes conservan de »l todavĂa una impresi€n
poco grata. Y, en efecto, por momentos, especialmente
en los corrillos de caf», gustaba de hablar con cierta
suficiencia de sĂ mismo, proclamando su talento, con
lo que daba una sensaci€n antip
tica de petulancia.
Tal comportamiento, sin embargo, no era m
s que el
resultado de moment
neas ofuscaciones suyas ante la
incomprensi€n de los dem
s; era, por otro lado, el
achaque inevitable en todas estas tertulias de literatos
y periodistas, donde se juega a la burla y a la hipocresĂa
y donde es necesario ser superficialmente chistoso,
o se es pedante, so pena de pasar por poco. Cuando
en el cĂrculo o redacci€n se le recibĂa con franqueza,
o cuando daba con el amigo dispuesto a escucharle
con cariło, era modesto, humilde y de una ingenuidad
infantil. Entonces, estaba en lo suyo y cautivaba.
De 1904 a 1908, entrado ya de lleno en la vida literaria,
public€ muchas composiciones po»ticas en diarios y
revistas, particularmente en Caras y Caretas
cuyas p
ginas popularizaron pronto su nombre. Por
el alma de don Quijote Ç la poesĂa que luego sirvi€
de inicial a Misas Herejes Ç da cuenta detallada
de su espĂritu en esta »poca. Aborrece hondamente
el af
n positivista del medio,
-
Porque asĂ van las cosas: la m
s simple
creencia
-
requiere el "visto bueno"
y el favor de la Ciencia:
-
si a ella no se acoge no prospera y,
acaso,
-
su propio nombre pierde para tornarse
"caso".
-
Le disgusta, asimismo, la manĂa ir€nica
del ambiente:
-
Pero me estoy temiendo que venga algôn
chistoso
-
con s
tiras amables de burlador donoso,
-
o con mordacidades de socarr€n hiriente,
-
y descubra, tan grave como ir€nicamente
-
- a la sandez de Sancho se le llama
ironĂa Ç
-
que mi amor al Maestro se convierte
en manĂa. (6)
Contra este positivismo rampl€n y este h
bito burlesco
(caracterĂsticas que todavĂa lo son hoy, en gran parte,
de nuestro ambiente literario), Carriego invoca al
idealista y tr
gico h»roe manchego,
-
al énico, al Supremo, al famoso Caballero
-
a quien "pide" que siempre
"le" tenga de su mano.
Al mismo tiempo, se siente enojado por los poetas
decadentistas y preciosistas, que, a pesar de haber
iniciado ya su decadencia en la capital, todavĂa dominan
sobre los dem
s, excepto sobre Almafuerte. Le enojan,
en particular, porque los supone acaramelados, afeminados.
En su sinceridad m
s Ăntima, era una mujercita, y
no de otra manera podĂa haber llegado, como lleg€,
a sentir tan intensamente el dolor de los que sufren
en silencio. En sus versos, los hombres sufren femeninamente,
como sufre »l mismo en su vida. No obstante, de palabra
profesaba el culto de la maschilit
(es insuperable
este vocablo italiano), el culto criollo del coraje
- cuidado que nadie pensara que no era capaz de pelear
con la partida, fac€n en mano, o trompearse con el
mejor, o aun de llevarse un mundo por delante!;- y
vedle, tan suave en sus hechos, ensalzando, contra
los poetas versallescos, la rudeza hombruna:
-
Si de estas cuerdas mĂas, de tonos
m
s que rudos,
-
te resultasen
speros los rendidos
saludos,
-
y quieres blandos ritmos de credos
idealistas,
-
aguarda delicados poetas modernistas
-
que alabar
n en oro tus posibles desdenes
-
coronando de antorchas tus olĂmpicas
sienes,
-
devotos de la blanca lis de tu aristocracia,
-
con que ilustro los rojos claveles
de mi audacia;
-
o espera, seductora, decadentes orfebres
-
que graben tus blasones en sus creadoras
fiebres:
-
yo, trabajo el acero de temples soberanos:
-
los sonantes cristales se rompen en
mis manos. (7)
Constante era su preocupaci€n por dar una sensaci€n
de hombrĂa.
Le hemos conocido socialista e internacionalista detonante
en La Protesta. Ahora, Carriego se ha hecho
nacionalista. Otro resultado de su fastidio para con
los poetas decadentes. No hablaban esos poetas sino
de personas y cosas extranjeras y extraterrestres.
Carriego, por oponerles la vida local y real del suburbio,
que sentĂa, cae en una confusi€n ideol€gica y adopta
un patriotismo elemental, un patriotismo con frecuencia
agresivo Ç observa M
s y PĂ, - ese patriotismo que
tiene por caracterĂstica notable la xenofobia, y es,
m
s bien que amor a lo de casa, odio sistem
tico a
todo lo de fuera. Por fortuna, de ello no queda m
s
que el recuerdo de los que le escucharon.
Su vida, la empleaba en estos momentos en charlar,
en escribir, en dormir...No tenĂa necesidad de trabajar
para ganarse el sustento. SolĂa permanecer en cama
hasta cerca del mediodĂa. Cuando, por casualidad,
se levantaba m
s temprano, iba a pasear por los jardines
de Palermo, donde m
s de una vez lo encontraba todo
taciturno algôn amigo. Cuando no, despu»s de almorzar
leĂa o escribĂa un rato; luego salĂa en direcci€n
a la casa de algôn compałero; por lo regular, a la
de M
s y PĂ, "all
en la calle Suipacha y Cangallo
Ç dice este ôltimo, - un tercer piso cuya terraza
delantera nos permitĂa perder horas y horas en est
tica
contemplaci€n, discutiendo, algunas veces sobre todo
lo existente, las m
s de ellas atendiendo yo los interminables
mon€logos de Carriego" . De regreso en su casa,
en seguida de cenar tomaba la calle otra vez y volvĂa
a visitar a un amigo o se metĂa en el caf», donde
se reunĂa con otros colegas. El caf» a que concurrĂa
con mayor asiduidad, era el de los Inmortales, nombre
que le dio »l mismo, segôn la cr€nica contempor
nea
de una revista ya muerta, Papel y Tinta. AllĂ,
en un bulliciosos corro de bohemios, ante una mesa
con vacĂas tazas de caf», permanecĂa horas y horas
en charla continua y en un abandono absoluto del mundo
exterior. Le gustaba recitar sus versos, lo que, dado
el privilegio de su memoria, hacĂa sin tropiezo. A
las tantas de la noche, dejaba el caf» y, casi siempre
acompałado por alguno de los contertulios, a quien
seguĂa recitando versos y m
s versos, tomaba camino
de Palermo. Con algunas visitas dominicales al autor
del Misionero, en La Plata, fue lo que hizo
hasta su muerte.
En 1908, apareci€ su primer y ônico libro, Misas
Herejes, cuyo contenido se conocĂa ya casi totalmente
por las publicaciones en los peri€dicos. La crĂtica,
le dispens€, en general, una acogida favorable; sobre
todo, a causa de su aparente sentido realista y en
oposici€n a las corrientes simbolistas que la poesĂa
argentina habĂa llevado hasta una exageraci€n insoportable.
Los amigos y admiradores, en crecido nômero, le ofrecieron
un banquete de homenaje. Fue su consagraci€n definitiva
Ç e inmerecida, ciertamente, con ese mal libro Ç en
nuestro medio intelectual y artĂstico.
Despu»s de aparecido el libro, continu€ publicando
versos en las revistas. Tambi»n hizo periodismo an€nimo,
alguna que otra vez. En La Raz€n, apareci€
algôn reportaje suyo, uno de ellos a Martiniano
Leguizam€n, cuya obra nacionalista Ç ni que decirlo
Ç admiraba especialmente. En el borrador de ese reportaje,
que tengo a la vista, escribe Carriego: "quien
haya leĂdo Montaraz, Alma nativa, etc»tera,
sabr
que son el documento m
s admirable de nuestra
literatura criollista, al par que la m
s fiel, la
m
s veraz interpretaci€n del ambiente en el cual se
desarrollan los episodios tr
gicos, »picos o picarescos
que rigen los diversos motivos del libro".
En un peri€dico,
La Uni€n,
de Rauch (prov. de Buenos Aires), public€ versos s
tiros
sobre la polĂtica local, y en la revista policial
L.C., de aquĂ, unas d»cimas en lenguaje lunfardo,
bajo el seud€nimo de El Barretero. A la vista
tengo tambi»n los borradores de un artĂculo festivo
sobre los desmanes de la tiranĂa de Rosas, escrito
para esa revista y que no se si lleg€ a publicar.
El papel, ostenta el membrete rojo del caf» Don Quijote...Ninguno
de estos trabajos tiene otra significaci€n que la
que puede d
rseles biogr
ficamente.
En su vida, la ônica variante que introdujo despu»s
de publicado su libro, apenas merece recordarse: un
enredo amoroso, no muy pasional, por cierto, con una
temporera. Es el ônico amorĂo que se le conoce.
La jovialidad con que en un principio le conocimos,
en los ôltimos ałos de su vida fue cediendo notablemente
a la melancolĂa y al retraimiento espiritual a que
tampoco en los comienzos se habĂa mostrado ajeno.
Son los ałos en que canta dulcemente y resignadamente
a todos los que sufren en silencio. Ha hecho a n lado
el adem
n descompuesto de su h»roe favorito; ha podado
su pluma de las estridencias rom
nticas. Ahora, ni
grita ni gesticula; ahora ni conoce a los hacedores
del mal, ni le importan, sean ellos el prometido que,
un buen dĂa, sin saberse por qu», abandon€ a la novia
"con toda la ropa hecha", o el "sin
vergœenza que no la hizo caso despu»s...", o
el padre que "grita, brutal, borracho Ç como
siempre que vuelve de la cantina", o, en fin,
todos los que maltratan a Mamboret
por el barrio.
S€lo ve, s€lo busca al paciente, a "la muchacha
que siempre anda triste", a "la enferma
que trajeron anoche", al "hombre que tiene
su secreto", al "silencioso que va a la
trastienda", a los que, en torno a la mesa rezan
-
la oraci€n, noche a noche tartamudeada,
-
por aquella perdida, desamorada,
-
que hace ya cinco meses dej€ el hogar.
(8)
ŻQui»n fue el malvado?. No lo sabe, no quiere saberlo.
Don Quijote, impaciente ante el mal, ha cedido el
puesto a un franciscano. Ya no intenta castigar a
los pecadores: prefiere sufrir con los tristes, haci»ndose
hermano de ellos en dolor. Ahora es cuando Carriego
est
en plena posesi€n de su espĂritu. En sus versos,
de continente sereno, hay un h
lito de tragedia inquietante.
S€lo el sentimiento de lo fatal los inspira.
Siempre se habĂa mostrado extremadamente aprensivo.
En su casa, apenas se atrevĂan a darle noticias de
muerte: lo desazonaban por completo. En sus ôltimos
ałos, esta aprensi€n suya fue mucho m
s intensa, agravada
aôn con el fallecimiento de su padre, ocurrido poco
antes del suyo. ParecĂa que s€lo hallaba alivio en
las confidencias amistosas, que se procuraba cada
vez con mayor af
n. Uno de sus confidentes Ăntimos
de estas horas, fue Marcelino del Mazo, a cuya solicitud
se debe en buena parte el enaltecimiento de la memoria
de Carriego.
FĂsicamente, aunque de constituci€n bastante d»bil
(era flaco, de regular estatura, apariencia un poco
vasta en conjunto, de ojos hondos, en contraste notable
con su tez p
lida), nunca habĂa dado muestra de serio
malestar. A fines de 1911, tuvo un ligero ataque de
apendicitis, que por entonces se atribuy€ a una indisposici€n.
El ataque, se renov€ a mediados de 1912, tambi»n levemente.
El primero de octubre del mismo ało, se sinti€ atacado
por tercera vez; pero ahora, de tal suerte que se
vio obligado a guardar cama en seguida. Doce dĂas
permaneci€ en el lecho. El trece, a la madrugada,
falleci€. (9)
|
|
NOTAS
-
Juan M
s y PĂ. "El poeta Evaristo Carriego"
rev. "Renacimiento", Buenos Aires, marzo
y
junio de 1913.
-
"La Gaceta", de JoaquĂn Fontenla; rev.
Quincenal, NÉ 10, julio 31 de 1904, Buenos Aires.
-
"MartĂn Fierro", de Alberto Ghiraldo;
rev. Semanal. NÉ 36, noviembre 14 de 1904, Buenos
Aires. Esta composici€n, las tres anteriores y
otra de "El almanaque de La Protesta"
del mismo ało son, seguramente, las primeras que
public€. La firma (Evaristo F. Carriego) comprendĂa
entonces la inicial de su segundo nombre, que
despu»s dej€ de usar.
-
ArtĂculo citado.
-
"Por alma de don Quijote", de "Misas
Herejes".
-
Id.
-
"En su °lbum" (a la sełora Sylla Silva
de M
s y PĂ), de "Misas Herejes".
-
"Por la ausente", de "La canci€n
del barrio" (poemas p€stumos).
-
La creencia comôn, es que muri€ tuberculoso. El
propio M
s y PĂ, que lo trat€ tan Ăntimamente,
en el estudio mencionado dice: "La enfermedad
que comenzaba a minar su organismo..." Con
palabras parecidas se expresan casi todos los
que fueron sus amigos. Por mi parte, sin rechazar
definitivamente tales versiones, me ha parecido
prudente aceptar por ahora la informaci€n de sus
deudos. Por prudencia tambi»n, no he querido acoger
las mil an»cdotas de diversa Ăndole que cuentan
todos los que dicen haber conocido a Carriego
personalmente, aunque con ello, la biografĂa que
dejo trazada aparezca, quiz
, demasiado esquem
tica.
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|
II
LA
POESčA ARGENTINA HASTA CARRIEGO
Antes de entrar en el an
lisis de la obra de Carriego,
convendr
dar una informaci€n general de la poesĂa
argentina hasta la aparici€n de nuestro poeta, para
facilitar su ubicaci€n hist€rica.
Entre dos ramas, paralelas entre sĂ, se divide la
historia de la poesĂa argentina desde sus comienzos
(1830): la pura y la mestiza, la nativa y la extranjera,
la criolla y la europeĂsta (el nombre no importa mayormente
ahora). Vamos a considerarlas por separado.
La rama mestiza o extranjera o europeĂsta, tiene cuatro
perĂodos definidos: el rom
ntico, el clasicista,
el modernista y el de conciliaci€n.
El primero, va de 1830 a 1880, y lo llena la obra
de cuatro poetas: EcheverrĂa, M
rmol, Andrade y Ricardo
Guti»rrez. El segundo, de 1880 a 1895, y lo representan
Guido y Spano, Obligado y Oyuela. El tercero, comprende
de 1895 a 1905, con Lugones como sełor. De 1905 a
1907, hay un intervalo de desorientaci€n, con las
exageraciones modernistas, por un lado, y el disgusto
que empezaban a provocar esas exageraciones, por otro.
Si quisi»ramos caracterizar con algôn nombre este
breve perĂodo de transici€n, Ricardo Rojas serĂa el
adecuado; su obra negativa, contiene todo lo malo
del modernismo llevado a su extremo, y todo lo malo
de la reacci€n clasicista mal entendida: curiosa dualidad
de un poeta, que se funde con su origen en una ônica
causa: falta de inspiraci€n. En 1907, surge Branchs,
y, a la inversa de Rojas, se incorpora todo lo bueno
de lo anterior, de manera que su obra constituye el
cuarto perĂodo, o sea, el conciliatorio, en que aparecen
aquilatadas las conquistas duraderas del modernismo,
del clasicismo y del romanticismo.
En el arte, los nombres de escuelas o tendencias se
han creado para lo accesorio. El arte verdadero, en
todas las »pocas, en todas las latitudes, no tiene
m
s que un nombre: arte, y esa es la representaci€n
de la realidad Ç ya existente o ya posible Ç a trav»s
de los estados de
nimo. Aun los nombres de g»neros
Ç lĂrica, epopeya, dram
tica, novela, etc. Ç se refieren
a meros procedimientos. Naturalmente, hay »pocas en
el arte, y con las »pocas, gustos o tendencias. En
momentos dados, los artistas siguen m
s o menos fielmente
a la realidad observada, se preocupan m
s o menos
por lo que es o por lo que pudiera ser; prefieren
unos u otros temas; adoptan unos u otros modos de
expresi€n. Entonces es cuando puede hablarse de clasicismo,
de romanticismo, de naturalismo, de simbolismo y de
todos los ismos imaginables. Pero esos nombres, son
siempre adjetivos, y , una de dos: o pueden aładirse
al t»rmino arte, o no tienen significaci€n. Si lo
segundo, no hay por qu» tenerlos en cuenta; si lo
primero, no representan otra cosa que una variante
superficial en la esencia artĂstica, que es: satisfacci€n
del anhelo imaginativo por medio de los elementos
que nos proporciona la realidad. Un centauro, es ya
la encarnaci€n viva de un elemento fant
stico. Por
eso a la vuelta de innovaciones y revoluciones, siempre
bulliciosas, lo simplemente adjetivo va elimin
ndose
poco a poco, y queda como ônico objeto perdurable
aquello que observa ese justo medio realista.
Siendo tal la naturaleza del arte, la condici€n principalĂsima
de su originalidad no puede ser otra que el contenido
de la emoci€n del medio circunstante al artista. Ricardo
Rojas, precisamente, tan mal poeta, lo ha formulado
concluyentemente como crĂtico: "El arte que se
universaliza es el que vive por el aliento de la tradici€n
y por la emoci€n del paisaje nativo, como los poemas
hom»ricos o el Romancero del Cid" (1). No hay
m
s que aładir, que el paisaje puede ser, indistintamente,
nativo o adoptivo, con tal de que se sepa adoptarlo
Ăntimamente.
Esto sentado, Żqu» grado de originalidad y, por lo
tanto, de universalidad y, por lo tanto, de verdadero
arte ofrece la poesĂa argentina en la rama sełalada?.
Parece que, en la sola calificaci€n que le hemos dado
Ç mestiza, extranjera, europeĂsta - , est
ya contenida
la respuesta conveniente: ninguna, o muy poco menos,
es su originalidad. Estar dentro de una tradici€n,
no es copiar o imitar lo pasado, sino adecuar el pasado
al presente; no es permanecer estancados en ningôn
instante pret»rito, sino ubicarse en lo dado y remozarlo
con la evoluci€n de la sensibilidad. Ahora bien, los
rom
nticos y los clasicistas argentinos (estos ôltimos,
mayormente, y de ellos, mayormente aôn, Guido y Oyuela),
se estancaron en lo pasado, y los modernistas, ignoraron
deliberadamente todo lo que les era anterior en la
lengua en que se expresaban y en su historia nacional.
Unos por anquilosados y otros por renegados, ambos
permanecieron, pues, fuera de la tradici€n, ambos
carecieron de originalidad. Por lo que toca a la emoci€n
del paisaje nativo, ninguno supo darla tampoco. De
los modernistas, no hay que hablar, pues adrede se
extrałaron de su medio. Los anteriores, tuvieron la
intenci€n de pintar y cantar las personas y las cosas
de aquĂ; pero sojuzgados enteramente por los rom
nticos
y clasicistas espałoles o franceses, no las vieron,
a pesar de que otra cosa parezca decir la frecuente
menci€n de sus nombres. Si los modernistas (y con
esto no se dice nada de DarĂo) pertenecen, en calidad
de imitadores, a la historia del simbolismo y el decadentismo
po»tico franc»s, Andrade, Guti»rrez, M
rmol, EcheverrĂa,
Oyuela, Obligado, Guido y CĂa. Entran, como poetas
de segundo orden, en una historia del romanticismo
y del clasicismo espałol. Tal vez se excluye parcialmente
Obligado, en cuanto por su Santos Vega puede
figurar, aunque secundariamente tambi»n, dentro de
la rama criolla de la poesĂa, de que en seguida se
va a hablar.
No sucede exactamente lo propio con Enrique Branchs.
Le ha faltado audacia en todo sentido, a este poeta;
en formas y en temas, esto es, en espĂritu, ha sido
excesivamente conservador. TenĂa aôn la preocupaci€n
literaria de la poesĂa de los motivos y de la correcci€n
formal. En una palabra: como todos sus antecesores
en el paĂs, fue demasiado literato todavĂa. ŻNo hizo
un libro con cien sonetos?. Ni uno m
s, ni uno menos,
y sonetos todos. Y m
s habl€ de lo que aprendi€ en
los libros que de lo que pudo ver y sentir directamente
en la vida. Sin embargo, desde el punto de vista de
la tradici€n, ni se petrific€ enteramente, ni fue
renegado. Con una cultura cl
sica s€lida y un claro
sentido de la evoluci€n de la lengua, supo situarse
en el pasado y avanzar, aunque tĂmidamente. Ni es
un dĂscolo a la manera de Lugones, ni un arcaĂzante
como Oyuela. Es un hombre que sabe expresarse en el
lenguaje culto de su »poca. (Claro est
que, todo
esto, sin tener en cuenta la primera parte de El
cascabel del halc€n, acrobacia lujosa de un conocedor
del idioma y nada m
s). En cuanto respecta a la palpitaci€n
de su medio, tambi»n supo a veces darla en su obra
con la aplicaci€n a motivos del ordinario vivir en
su ciudad. En »l concluye la poesĂa argentina importada
de Europa, y con »l da el primer fruto, por d»bil
que sea, a la historia universal del arte.
----------
Al tratar de la rama pura, nativa o criolla de nuestra
poesĂa nos encontramos con que ya no podemos establecer
distinci€n por tendencias. énicamente nos es dado
dividirla por nombres de personalidades. Si se ha
reparado bien en todo lo dicho hasta ahora, este solo
detalle bastar
para presumir que es otra la opini€n
que va a merecernos la poesĂa argentina que pasamos
a estudiar: es esencial y no ofrece notables variedades
formalistas.
En el otro campo, hemos podido dar nombres y fechas
precisas para la iniciaci€n. AquĂ, no disponemos de
la misma facilidad: la poesĂa nativa, comienza con
los dichos populares, con las coplas de los payadores
ignorados, que corren an€nimamente, de boca en boca,
entre el pueblo, desde los primeros pasos de la formaci€n
del car
cter nacional. Yendo a lo impreso, sin embargo,
y ya de personalidad m
s definida, Hilario Ascasubi
(nacido en 1807), es, posiblemente, el iniciador,
con Santos Vega, Aniceto el Gallo, Paulino Lucero.
Le siguen Estanislao del Campo y Jos» Hern
ndez (nacidos
los dos en 1834), el primero, con Fausto, con
MartĂn Fierro el segundo.
Si las caracterĂsticas de esta poesĂa est
n ya diseładas
claramente en los poemas de Ascasubi, y en Estanislao
del Campo, se acusan con m
s precisi€n, no cabe duda
de que en MartĂn Fierro adquieren una expresi€n
definitiva y alcanzan el m
ximo de potencialidad artĂstica.
Lugones, es un poeta mediocre; pero es un excelente
crĂtico, un hombre despierto, un espĂritu avisado,
y su juicio sobre MartĂn Fierro, que tantas
resistencias provoc€ hace seis ałos, entre los eruditos
del paĂs, es, seguramente, terminante, por m
s que
reduzca su obra po»tica a la nada en que acabamos
de situarla nosotros tambi»n. An
logo fen€meno ocurre
con Rojas, si bien, siendo inferior a Lugones como
poeta, lo es tambi»n como crĂtico. Su juicio sobre
MartĂn Fierro, lanzado a la par del de Lugones
e igualmente resistido en el medio intelectual del
paĂs, coincide con »l en considerar a la obra de Hern
ndez
como la piedra angular de la literatura argentina.
Es, en la Argentina Ç afirma Rojas, - lo que en Francia
la Canci€n de Rolando, lo que en Espała MĂo
Cid; (2) es Ç corrobora por su parte Lugones Ç
una verdadera epopeya de la raza gaucha y evoca los
poemas de Homero. (3). Sin duda alguna.
Los dem
s poetas que hemos mencionado, fueron literatos,
ante todo. ŻNos habremos entendido bien acerca del
sentido de esta palabra, literato?. La literatura,
para el escritor, es lo que el instrumento para el
obrero de cualquier oficio: un medio de realizaci€n.
En consecuencia Ç sea el escritor poeta, cientĂfico,
fil€sofo, etc. Ç la literatura es lo primero que debe
aprender a manejar; pero, asĂ como el carpintero no
puede confundir nunca los instrumentos de que se vale
en su trabajo, con el obrero que realiza, el escritor
no debe tampoco tomar la literatura Ç su medio de
obra Ç como un fin. No todos est
n dotados de las
aptitudes naturales para saber deslindar a tiempo
estos campos; la mayor parte, se queda en los medios,
como si constituyesen el ônico fin de su actividad.
Entonces, surge el literato. AsĂ fueron literatos
todos nuestros rom
nticos y clasicistas y modernistas,
y lo son lo m
s de nuestros escritores de hoy.
Es, justamente, lo contrario de lo que sucede con
Hern
ndez. Careci€ de cultura literaria este poeta;
pero, hubi»rala tenido o no, el caso es que no lleg€
nunca a tomar la literatura como un fin. Se aplic€
a la vida, observ€ a la vida, sinti€ la vida. ŻLa
habrĂa expresado mejor si hubiera adquirido un dominio
m
s seguro de su t»cnica? Es cosa que no nos interesa.
Cuando no se maneja bien la literatura y no se tiene
genio tampoco, se puede censurar la incorrecci€n literaria.
En el caso de Hern
ndez, serĂa pueril esta censura
al lado de la grandeza artĂstica de su obra. MartĂn
Fierro, refleja fielmente una »poca, un medio,
un paĂs, con sus seres, sus cosas, su lenguaje, su
mentalidad, sus sentimientos: basta.
He ahĂ una obra original. Es de la pasta de todas
las obras de arte que se universalizan.
Despu»s de Hern
ndez, Obligado (el Obligado de Santos
Vega) que se puede contar como un intento de perfeccionamiento
literario de la poesĂa criolla. Mucho m
s instruido
que el autor de MartĂn Fierro, Obligado adecenta,
por asĂ decirlo, a Hern
ndez, a del Campo y a Ascasubi,
y, por momentos, en una forma algo m
s correcta, logra
dar la emoci€n del paisaje nativo. Pero, era demasiado
literato para avanzar un paso sobre Hern
ndez; no
consigui€ alleg
rsele siquiera. La preocupaci€n por
la correcci€n, por la decencia, por la literatura,
por lo consagrado, no le permite librarse de un t»rmino
medio sin fuerza de originalidad. Despu»s de Hern
ndez,
aôn despu»s de del Campo, aôn despu»s de Ascasubi,
no tiene objeto.
Almafuerte, es el primero que, en esta rama de nuestra
poesĂa, es decir, en nuestra poesĂa, da una nota nueva
al arte despu»s de MartĂn Fierro, Hasta Almafuerte,
la poesĂa es epopeya y es drama; en Almafuerte, es
lĂrica y did
ctica, principalmente. Cuesti€n de g»neros.
En el fondo, una y otra es sinceridad artĂstica, es
liberaci€n de la literatura. No soli€ caer Hern
ndez
en vicio literario; Almafuerte, cay€ muchas veces.
Con frecuencia es, lisa y llanamente, un literato
como todos los dem
s, decidor de palabras sin sentido
cabal, o con el sentido que quiera d
rseles; pero
tiene obra suficiente de artista verdadero, de artista
original, para suplir, con creces, todas las deficiencias
que en ese sentido puede ofrecer. Hern
ndez, hizo
hablar al gaucho, Almafuerte, es el gaucho de Hern
ndez,
ciudadanizado, que habla por su cuenta. Con la mentalidad,
los sentimientos, la filosofĂa, la mora, en fin, del
gaucho, y la visi€n de la ciudad nueva, habla, truena
en nombre de una raza que se extingue en la inevitable
evoluci€n.
Otros poetas que sentĂan su medio y su »poca, surgieron
bajo la »gida de Almafuerte. Ninguno tiene mayor significaci€n.
Federico Guti»rrez, tal vez es el ônico que, en tĂmidos
tanteos, consigue dar algunas notas tĂpicas del ambiente
suburbano; pero se eclipsa totalmente al lado de Carriego,
al que es necesario llegar para encontrar un nuevo
y vigoroso elemento de la poesĂa nativa.
En una comparaci€n somera de ambas corrientes de nuestra
poesĂa, pronto se advierte un detalle: el paralelo
progreso formal de las dos, un poco m
s acentuado,
naturalmente, en la europeĂsta. Los rom
nticos, se
limitan al empleo del endecasĂlabo y el octosĂlabo,
en sus ritmos corrientes, como sus cong»neres espałoles;
los cl
sicos (porque es necesario convenir en que
Ascasubi, del Campo y Hern
ndez son nuestros cl
sicos
en la poesĂa), apenas usan otro metro que el octosĂlabo
y la d»cima como estrofa. Los clasicistas, amplĂan
sus medios con el dodecasĂlabo y el alejandrino; Almafuerte,
avanza hasta el ex
metro. Los modernistas, no conocen
limitaci€n de metros. Branchs, se contiene un tanto,
y, sin descuidar una sola de las buenas formas modernistas,
da un valor especial a los cl
sicos moldes castellanos,
cosa an
loga, en parte, a lo que sucede con Carriego.
En este paralelismo, adem
s, se advierte una constante
influencia formal de la corriente mestiza sobre la
criolla.
Por otra parte, en la evoluci€n de la poesĂa patria,
es de notar tambi»n este fen€meno comôn a ambas corrientes.
La ciudad, va invadiendo al campo progresivamente,
hasta excluirlo casi por entero. Es lo que veremos
en Carriego, poeta de Buenos Aires.
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NOTAS
-
Citado por Roberto F. Giusti, en "Nuestros
poetas j€venes"
-
Ricardo Rojas, conferencia inaugural de la c
tedra
de literatura argentina, en la Facultad de FilosofĂa
y Letras, 1914.
-
Leopoldo Lugones, conferencias sobre el payador,
en el teatro Ode€n, 1914.
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|
III
UN
APRENDIZ DE POETA
En vida, como queda dicho, Carriego no dio a conocer
m
s que un libro, Misas Herejes. A su muerte,
se encontraron ordenados por su mano los materiales
de otro, sin tĂtulo, y una obra dram
tica en un acto
y en prosa, Los que pasan, estrenada luego,
el 16 de noviembre de 1912, en el teatro Nacional.
Revisando sus papeles, que su hermano Julio conserva
con todo cariło, he hallado, por mi parte, los manuscritos
de tres composiciones po»ticas m
s, una de ellas,
muy extensa, una parodia licenciosa, no exenta de
ingenio, del Edipo. Estos escritos, los dem
s
mencionados en el capĂtulo I, y algunos otros que
quiz
figuren por ahĂ en revistas olvidadas o en poder
de particulares amigos del poeta, constituyen toda
su obra literaria. Para juzgarlo completamente, sin
embargo, basta con tener en cuenta el volumen de poesĂas
que, como homenaje a su memoria, editaron despu»s
de su muerte sus amigos y admiradores. El libro, fue
preparado por Enrique Carriego, hermano de Evaristo,
y Marcelino del Mazo y M
s y PĂ, y contiene Misas
Herejes Ăntegro, con m
s los poemas que tenĂa
ordenado el autor mismo, para la publicaci€n. Es el
volumen que nos va a servir de guĂa en adelante.
---------
En cinco partes distintas se divide Misas Herejes:
"Viejos sermones", "EnvĂos", "Ofertorios
galantes", "El alma del suburbio" y
"Ritos en la sombra", mencionadas segôn
el orden de colocaci€n que tienen en el libro. Las
tres primeras y la ôltima, ofrecen un mismo car
cter.
Las tendremos, pues, en cuenta como una sola, dejando
de lado "El alma del suburbio", que significa
un adelanto sobre las anteriores y como el puente
de tr
nsito a La canci€n del barrio. (1)
Al trazar su biografĂa, Carriego se nos mostr€ ya
como un enemigo del modernismo ambiente. Recu»rdese
la poesĂa dedicada a la sełora Sylla Silvia de M
s
y PĂ:
-
Si de estas cuerdas mĂas, de tonos
m
s que rudos
-
te resultasen
speros los rendidos
saludos,
-
y quieres blandos ritmos de credos
idealistas,
-
aguarda delicados poetas modernistas...
Manifiestamente contrario a los poetas decadentes,
creĂa, pues, opon»rseles con su obra. He aquĂ, no
obstante, que, sin quererlo, sin pensarlo, era m
s
decadente y m
s simbolista y m
s preciosista que ninguno.
En esa misma composici€n glosada, a rengl€n seguido
de su expresi€n ir€nica contra los modernistas, escribe:
-
Palmera brasileła, que al caminante
herido
-
ofrendaras tus d
tiles de Pasi€n y
de Olvido,
-
en el Desierto énico: tô eres la apoteosis
-
que, nimbando de incendios sus fecundas
neurosis,
-
cruzas por los vaivenes de sus hondos
desvelos
-
como si fueras Luna de sus noches de
duelos.
-
Para hallar algo tan enf
tico, tan abstruso, tan
enrevesado, tan ridĂculo como esos seis versos,
es necesario recurrir.... a Carriego, ya sea en
esa composici€n (escrita toda ella en el tono
de la muestra), ya en otras muchas de Misas
Herejes (tĂtulo de por sĂ simb€lico, abstruso,
enf
tico tambi»n). No estar
n dem
s algunos ejemplos:
-
- En
un largo alarido de tristeza
-
los heraldos, sombrĂos, la anunciaron,
-
y las faunas errantes se aprontaron
-
a dejar el amor de la aspereza. (2)
. . . . . . . . . . . . .
-
Que tus p
lidas princesas de inefables
corazones
-
lleven lirios de tus rimas a un olĂmpico
PaĂs ...
-
con las hostias fraternales de tus
suaves comuniones
-
que el orfebre de los triunfos en tus
lĂricos blasones,
-
grave todos sus laureles con olivo
y flor de lis. (3)
-
. . . . . . . . . . . . . . . . .
-
En la gran copa negra de la sombra
que avanza
-
quiero probar el vino propicio a la
ałoranza. (4)
-
. . . . . . . . . . . . . . . .
-
La Epopeya del Triunfo se ha anunciado
sonora
-
al galope del rojo centauro de la Aurora
-
que llega, como heraldo de la Ciudad
lejana,
-
precursor del saludo, del laurel y
la diana. (5)
-
. . . . . . . . . . . . . . .
-
...Y despu»s de beber de tus castalias,
-
como en lago de amor tranquilo y terso,
-
te besar» las sienes con un verso
-
para calzar de nuevo las sandalias!
(6)
-
. . . . . . . . . . . . . .
-
Fue al surgir de una duda insinuativa
-
cuando hiri€ tu severa aristocracia,
-
como un sĂmbolo rojo de mi audacia,
-
un clavel que tu mano no cultiva. (7)
-
. . . . . . . . . . . . .
-
Y, asĂ, en tu vanidad, por la impaciente
-
condena de un orgullo intransigente,
-
mi rojo heraldo de amatorios credos....(8)
-
. . . . . . . . . . . .
-
Como las nerviosas manos de mi amada,
-
que, en largas teorĂas de gestos cordiales,
-
devotas del dulce crimen amatorio,
-
degœellan mis mansos corderos pascuales!
(9)
-
. . . . . . . . . . . . . . .
-
En un carro triunfal hecho de auroras,
-
y envueltas en flotantes muselinas,
-
con impudor de audacias femeninas
-
han llegado las nuevas doce horas.
(10)
-
. . . . . . . . . . . . . .
-
Cuando escucho el rojo violĂn de tu
risa,
-
en el que olvidados acordes evocas,
-
un c
lido vino Ç licor de bohemia Ç
-
me llena el cerebro de môsicas locas.
(11)
-
. . . . . . . . . . . . . . .
-
Enfermizas plenitudes
-
de emociones amatorias
-
modernismo de lo Raro,
-
de embriagueces ilusorias,
-
que disfrazan las crudezas de sus credos
materiales,
-
como f€rmulas severas
-
de blasones impolutos,
-
que, discretos, disimulan
-
los salvajes atributos,
-
las paganas desnudeces de las fuerzas
genitales. (12)
Pero, basta.
En los pasajes transcriptos y en otros muchos m
s
que se pudieran transcribir, Carriego aparece con
todos los vicios del modernismo, elevados al cubo.
La vida que vive, no existe para »l al ponerse a escribir.
Ha leĂdo libros, ha leĂdo versos, libros y versos
en los que tampoco la vida conocida directamente,
palpitaba, y se ha creado una vida que quiere expresar:
la vida de lo raro, de lo ex€tico, de lo enfermo,
de lo lôgubre, una vida infectada de todo mal, y mentida,
por otra parte. Y si alguna vez, por casualidad, repara
en la vida que le toca de veras, tampoco puede verla
al desnudo, tal como es, sino revestida de todo el
f
rrago de im
genes que le han dejado las lecturas
mal digeridas. Ha de decir que intent€ darle un beso
a una mujer, y que ella, intransigente, interpuso
su mano entre ambas bocas (y esto no se sabe sino
despu»s de muy penosos esfuerzos), pero no, decirlo
asĂ, serĂa pedestre, no serĂa po»tico, y entonces,
llama "clavel" y "rojo heraldo de amatorios
credos" a sus labios, y al acto negativo de la
hembra, la ejecuci€n del clavel con "la guillotina
de sus nobles dedos". Ha de alabar a una
buena sełora brasileła, cuya amorosa atenci€n significa
| |