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Buenos Aires por Antonio Elio Brailovsky
La peor forma de contaminación y de deterioro del medio ambiente es la guerra

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Queridos amigos:

Durante mucho tiempo, algunos organismos financieros internacionales emitieron la opinión de que "la peor forma de contaminación es la pobreza". De este modo (y a partir de un slogan que suena muy bien), esos organismos pretendían que los países del Sur aceptaran diversas formas de industrias contaminantes, que en el Norte se estaban rechazando.

Si la pobreza era lo peor que nos podía ocurrir, ellos estaban dispuestos a salvanos, a cambio de que aceptáramos un fuerte aumento de las enfermedades ambientales y la destrucción irreversible de nuestros ecosistemas.

Por eso vale la pena recordar que ese criterio no es cierto, y que hay peores formas de contaminación que la pobreza. En el texto que ustedes reciben sostengo que la peor forma de contaminación es la guerra y que el argumento ambiental es uno más que refuerza nuestra necesidad de buscar y obtener la paz.

El texto está tomado de mi libro "Ésta, nuestra única Tierra", que acaba de publicar Editorial Maipue y que presentamos en la Feria del Libro el sábado 1 de mayo de 21.30 (puntual) a 23 en la sala Domingo F. Sarmiento.

Un gran abrazo a todos.

Antonio Elio Brailovsky

Los ejércitos de la Antigüedad afectaban menos el territorio que los actuales
(Alejandro Magno, en un mosaico de Pompeya, hoy en el Museo Arqueológico Nacional de Nápoles)


EDITORIAL MAIPUE:
PRESENTACIÓN DEL LIBRO:
“ÉSTA NUESTRA ÚNICA TIERRA”
de Antonio Elio Brailovsky,
Feria del Libro – Plaza Italia - Sociedad Rural Argentina
Sábado 1 de mayo - Sala Domingo Faustino Sarmiento –
21.30 (puntual) a 23 hs.



LA CONTAMINACIÓN Y LA GUERRA
Por Antonio Elio Brailovsky


(Del libro “Ésta, nuestra única Tierra”, Buenos Aires, Editorial Maipue, 2004).
A veces olvidamos que la peor forma de contaminación y de deterioro del medio ambiente es la guerra. A menudo se silencian sus efectos, en nombre de una política mal entendida. Por eso mis-mo, nos interesa destacar de qué modo y hasta dónde la actividad militar puede ser contaminante, tanto en la guerra declarada como en la preparación para la guerra.
El primer efecto ambiental es el de usar -es decir, inutilizar- enormes superficies de terreno que podrían emplearse para otros fi-nes. Como todavía pensamos en ejércitos como los de San Martín y Bolívar, nos cuesta trabajo darnos cuenta de la medida en que un ejército moderno es un enorme devorador de espacio y lo que ocu-rre con ese territorio.
Los ejércitos de la época de Alejandro Magno necesitaban ape-nas un kilómetro cuadrado para ubicar cien mil soldados. Para la misma cantidad de soldados, Napoleón necesitaba no menos de veinte kilómetros cuadrados. En la primera guerra mundial se usa-ron doscientos cuarenta y ocho; en la segunda guerra mundial ya eran cuatro mil kilómetros cuadrados y los ejércitos actuales requieren cincuenta y cinco mil quinientos kilómetros cuadrados por cada cien mil soldados en maniobras.
Sobre el efecto ambiental de esas maniobras, un estudio hecho en los Estados Unidos, sostiene que "con su violencia co-reografiada, las fuerzas armadas destruyen grandes sectores del te-rritorio que en un principio deberían protegen Las tierras utilizadas para juegos bélicos tienden a sufrir una grave degradación. Las maniobras destruyen la vegetación natural, perturban el hábitat na-tural, erosionan y condensan el suelo, sedimentan corrientes y cau-san inundaciones. Los radios de bombardeo convienen el terreno en un desierto lunar marcado de cráteres. Los campos de tiro para tanques y artillería contaminan el suelo y las aguas subterráneas con plomo y otros residuos tóxicos. Algunos proyectiles antitan-que, por ejemplo, contienen bastoncillos de uranio. La preparación para la guerra se parece a una política de tierra quemada contra un enemigo imaginario.
"En los frágiles entornos desérticos, pueden hacer falta miles de años para la recuperación de sistemas naturales. El desierto del sur de California sigue mostrando las cicatrices de las maniobras de tanques realizadas por el general George S. Patton a comienzos de los años cuarenta. Y aún mayores son los daños en Libia, donde los ejércitos británico y alemán tuvieron grandes enfrentamientos durante la Segunda Guerra Mundial"[i] <mhtml:mid://00000019/#_edn1> .
La guerra del Golfo Pérsico -para dar sólo un ejemplo- pro-vocó consecuencias ambientales muy profundas, tanto en espacios naturales como en los urbanos. Inmensos ejércitos desplazándose por los ecosistemas del desierto provocaron daños enormes sobre los suelos, la vegetación natural y la fauna. Paradójicamente, la misma guerra suministró sus anticuerpos. Las superficies minadas son tan extensas que durante décadas nadie se atreverá a internarse en esos desiertos, lo que, al menos, no obstaculizará los mecanis-mos de regeneración natural.
La destrucción de las redes de aprovisionamiento de agua de las ciudades provocó epidemias a las que no se pudo hacer frente, ya que los sistemas de salud estaban desarticulados. Algunas enfer-medades se difundieron por simple falta de higiene, pero otras a raíz del bombardeo a los arsenales preparados para la guerra bacte-riológica. Una perversa forma de estrategia llevó a disimular insta-laciones militares en áreas urbanas o muy pobladas. Muchas de ellas fueron descubiertas por los sistemas de espionaje y bombar-deadas. No hace falta insistir mucho en los efectos de esos ataques sobre la población civil: la propaganda sobre los bombardeos "qui-rúrgicos" no debería ser tomada demasiado en serio.
No conocemos los efectos provocados por contaminación ra-diactiva debidos al bombardeo de instalaciones nucleares, pero pa-recen haber existido, lo mismo que la dispersión de gases tóxicos al atacarse sus depósitos y fábricas.
Al iniciarse la primera guerra del Golfo, se advirtió que el eventual in-cendio de pozos petrolíferos podía provocar grandes nubes que im-pidieran la llegada de los rayos del sol a la Tierra. Existía, se dijo, el riesgo de grandes heladas y de pérdida de cosechas por falta de fotosíntesis. Afortunadamente, el cálculo fue inexacto, el incendio de centenares de pozos de petróleo alteró el clima local, pero no llegó a afectar el clima del mundo.
Aún así, sus efectos fueron catastróficos; las enormes nubes de hidrocarburos afectaron amplias zonas. En Oriente Medio se hicie-ron frecuentes las lluvias negras que mataron la vegetación y con-taminaron los cursos de agua y se espera un gran aumento de los casos de cáncer.
Los derrames de petróleo en el mar han llevado a la muerte de los arrecifes de coral, con la pérdida de la fauna marina asociada y la destrucción de un ecosistema que puede tardar miles de años en recuperarse.
En las guerras recientes se utilizaron proyectiles con uranio empobrecido. Se trata de un material radiactivo que tiene la ventaja desde el punto de vista militar, de ser muy pesado, con lo cual puede perforar blindajes con mayor facilidad, y que se incendia al hacer impacto. El efecto ha sido el dispersar enormes cantidades de materiales radiactivos, con las consecuencias previsibles sobre la salud humana y los ecosistemas.
La actividad militar en tiempos de paz tiene efectos menos ca-tastróficos, pero fuertemente negativos. La forma en que los arte-factos bélicos consumen recursos naturales escasos suele ser espec-tacular y muy poco tenida en cuenta por quienes ponen el acento en la superpoblación. Un automóvil corriente puede recorrer unos diez kilómetros por litro de combustible y un tanque Abrams M-1 anda apenas veinte metros por litro.
En una hora de marcha, ese auto gastaría unos diez litros de combustible. En el mismo lapso, el tanque consume mil cien litros, un bombardero B-52 gasta trece mil setecientos litros y un portaa-viones consume veintiún mil trescientos litros de combustible. Como resultado, el Pentágono usa en un mes la misma cantidad de energía que gasta en un año todo el sistema de transporte masivo de los Estados Unidos.
Un tema del que nadie quiere hablar es qué se hace con el material bélico que termina su vida útil. Los explosivos –al igual que muchos otros productos químicos, como los antibióticos- tienen una vida útil determinada, después de lo cual ya no actúan adecuadamente. Pueden estallar antes o después de lo previsto, o no hacerlo, o explotar espontáneamente, o hacerlo con una intensidad diferente de la esperada.
Todas las fuerzas armadas y de seguridad del mundo tienen que deshacerse de la munición vencida, operativo extremadamente peligroso y, a menudo, contaminante. En ocasiones se la destruye, pero muchas veces se la venden a otros países, ocultando su calidad o la derivan para usos civiles. Ésa es una causa frecuente de accidentes cuando se emplean explosivos en la minería o para la demolición de edificios.
Con este dato, no sorprende saber que las fuerzas armadas del planeta aportan el diez por ciento del total de emisiones de dióxido de carbono a la atmósfera. Además, usan el once por ciento del co-bre, el nueve por ciento del hierro, el seis por ciento del aluminio que se consume en el mundo, y así, sucesivamente, con muchos otros minerales.
"En su incesante búsqueda de proezas y preparación -dice un estudio ya citado- las fuerzas armadas están envenenando las tie-rras y a las gentes a las que deberían en principio proteger. Resi-duos tóxicos militares contaminan el agua utilizada para beber y para el riego, matan a los peces, ensucian el aire y hacen inutiliza-bles vastas extensiones de tierras para las generaciones venideras. Después de haber sido durante décadas los vaciaderos de un caldo letal de materiales peligrosos, las bases militares son ahora para la salud, bombas de tiempo que estallan en cámara lenta"[ii] <mhtml:mid://00000019/#_edn2> .
Producir, almacenar, reparar, transportar y descartar armas con-vencionales, químicas y nucleares genera enormes cantidades de materias perjudiciales para la salud humana y el medio ambiente. Estos desechos incluyen combustibles, pinturas, disolventes, meta-les pesados, materiales radiactivos, pesticidas, bifenilos policlorados, cianuros, fenoles, ácidos, álcalis, propulsantes y explosivos. Las fuerzas armadas de Estados Unidos y de la ex Unión Soviética han sido durante largos años, los principales productores de desechos tóxicos del mundo.
En todos los países, el grado de secreto que rodea estas activida-des dificulta el control de la contaminación. Los cambios en el mapa político del mundo y el fin de la guerra fría muestran ahora lo que se ocultó durante décadas. Tanto las bases norteamericanas en Europa Occidental como las soviéticas en Europa Oriental son pun-tos de muy alta contaminación, en los que se han volcado desechos tóxicos de todo tipo, se han arruinado grandes extensiones de suelos y de napas subterráneas. A punto tal que un tema político delicado es definir quién va a pagar la descontaminación de esos terrenos.
A lo anterior se agregan las enfermedades ocupacionales en el personal que trabaja en las bases militares, manipula sustancias tó-xicas de uso bélico o que se desempeña en la industria de arma-mentos. Es este un tema del cual empieza a hablarse desde hace muy poco tiempo en otros países y aún no se ha mencionado en la Argentina.
Pero los efectos ambientales no se reducen a los provocados por los ejércitos regulares. También los movimientos guerrilleros son responsables de una intensa degradación ambiental. Por ejem-plo, los grupos irregulares de Colombia han efectuado numerosos atentados a los oleoductos, para afectar la economía del país. Solamente en 1988 hubo más de medio centenar de estos atenta-dos, con la consiguiente contaminación de suelos, de aguas super-ficiales y subterráneas


Agregamos que las instalaciones militares son susceptibles de accidentes y atentados, con graves consecuencias sobre la población civil, como ocurrió en la Fábrica Militar de Río Tercero (Córdoba).
Y cuando los dos bandos actúan conjuntamente, la situación puede empeorar notablemente, como ocurrió en diversos países de América Central, donde gran parte de las tierras en las que se efec-tuaron combates fue arrasada. Continuos incendios, bombardeos y sabotajes fueron transformando los campos de batalla en un desier-to. "El Salvador es un desastre ecológico que ya ha sucedido. Sus vecinos son desastres ecológicos en varias etapas por suceder", sostuvo el periodista Walter Anderson, de Los Angeles Times.
Pero si las guerras convencionales y aún la paz armada provo-can serios impactos ecológicos, está claro que la peor situación posible se encontraría en la eventualidad de una guerra nuclear.
A lo que ya se sabía sobre los efectos de las explosiones atómi-cas y las radiaciones se agregaron en la década del ochenta, una se-rie de hipótesis sobre la forma en que una guerra atómica podría llegar a afectar el clima mundial. Las conclusiones de diversos es-tudios sobre este tema reforzaron, en su momento, las políticas de distensión entre el Este y el Oeste. Quedaba claro que el ganador de una guerra nuclear no podría habitar el planeta que tan duramente conquistara. Veamos por qué.
Una gran cantidad de bombas atómicas provocaría la destruc-ción casi total de la capa de ozono, con los previsibles efectos de-vastadores sobre los que sobrevivieran. Se agrega que hoy los hue-cos de ozono pueden reconstruirse en un verano, pero no sabemos cuánto tiempo tardaría la recomposición completa del ozono at-mosférico. ¿Podrían ser tiempos geológicos?
El conjunto de incendios y explosiones inyectaría una gran cantidad de humo y polvo en la estratósfera, la que es enormemen-te estable. Ese humo y polvo estarían allí durante mucho tiempo, oscureciendo la atmósfera terrestre. La temperatura descendería bajo el punto de congelación y las plantas morirían de frío o por falta de fotosíntesis. La expresión “invierno nuclear" fue el golpe final que terminó por desplazar políticamente a los belicistas de las grandes potencias. Nadie estaba dispuesto a correr ese riesgo.

REFERENCIAS
[i] Renner, Michael: "Evaluación de los efectos de la guerra so-bre el medio ambiente", en: Varios Autores: "La situación en el mundo, 1991", World-watch Institute. Ediciones Apóstrofe, Barcelona, 1991.
[ii] Renner, Michael: "Evaluación de los efectos de la guerra...”, op. cit.
[iii] Baquedano, Manuel: "La seguridad ecológica en América del Sur". Santiago de Chile, 1990

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