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Queridos amigos:

Como ustedes saben, la Justicia ha ordenado al Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires a retirar los carnets de cartoneros que había entregado a varios menores de edad. A través de una presentación judicial, el asesor tutelar de menores de la Ciudad de Buenos Aires, Gustavo Moreno, denunció al Gobierno porteño de incumplir la disposición del juez Augusto Kersman por la cual el Ejecutivo debía retirarles las credenciales a los menores de 15 años que trabajen en la recolección de residuos y, a cambio, otorgarles una beca escolar y un subsidio[i]. A raíz de un amparo presentado por Patricia Bullrich, donde solicitaba que se cumpliera con la Convención de los Derechos del Niño y así se impidiera a los menores de 15 años trabajar de noche recolectando basura, el juez Augusto Kersman dispuso, el 9 de junio pasado, distintas medidas para que el Gobierno de la Ciudad regularice la situación de estos adolescentes, inscriptos en el Programa de Recuperadores Urbanos. En primer lugar, ordenó retirar las credenciales a los menores de 15 años y darlos de baja del Registro de Recuperadores. Paralelamente, dictaminó que estos chicos debían recibir "una beca escolar para que continúen los estudios, en caso de haberlos abandonado" y al mismo tiempo, "un subsidio que reemplace los ingresos que obtenían como consecuencia de la actividad que desarrollaban".

Más allá de la lentitud en el cumplimiento de las sentencias judiciales, debería preocuparnos la escasa sensibilidad de nuestra sociedad, que parece dispuesta a aceptar como normales las peores formas de explotación infantil. Al respecto, una revista que distribuyen personas desempleadas contribuye a la confusión, al plantear la existencia del "derecho" de los niños a ser explotados.

Los siguientes son los tramos centrales de dicho artículo[ii]:


"Hay distintas organizaciones que cuestionan la postu-ra Intransigente y “abolicionista” de la OIT y se encuadran dentro de los llamados “reglamentistas”.
"El trabajo infantil existe -aseguran con razón-; seguirá existien-do por un tiempo,y mientras tanto, lo mejor será reglamentarlo para garantizarles a los chicos ciertos derechos básicos".
"NATS, la red más importante, surgió en América latina y hoy cuenta con miembros de Asia, Africa y Europa. El movimiento de Niños y AdoIescentes Trabajadores nació allá por los '70 en Perú. Ellos sostienen que el trabajo no se contrapone con la escuela y proponen que se reconozca al niño como trabajador con derechos aunque con jornadas laborales más cortas, com-patibles con el tiempo de la escuela y el juego. Trabajo que no perjudique el crecimiento fisico y psíquico. Sueldos justos, trabajos ligeros y protección ante el abuso y la explotación".
"Para NATS el trabajo es un elemento de formación y de autoestima. Su síogan:'convivir con el trabajo infantil'. “El abolicionismo no resuelve nada”, declaró el presidente de NATS-Italia, Aldo Presti Pino, a la revista italiana Altreconomia".
"¿Qué quiere decir? Quien ha optado por la línea abolicionismo genera confusión: colocan en el mismo plano a situaciones de ilegalidad y deli-tos contra menores junto con el fenómeno real del trabajo que para millones de chicos y adolescentes es una estrategia de supervivencia".
"¿Entonces qué se puede hacer? Escuchar las voces de los protagonistas. No es justo que sólo los adultos elijan qué debe hacerse con los chicos. Ellos tienen dignidad e inteligencia y son capaces de hacer escu-char sus voces. En países donde la economía informal es el único ingreso para el 80% de la población, el trabajo infantil como sustento de las familias es la normalidad. Quien sólo cree en la erradicación se está negando a escuchar las ideas y proyectos de chicos que ya trabajan y que saben muy bien de qué están hablando".

Más allá de toda objeción ética, no nos queda claro por qué los gobiernos que no pueden o no quieren controlar la prohibición del trabajo infantil van a controlar una eventual reglamentación. Ni por qué confiar en que quienes no controlan la duración de la jornada laboral ni las condiciones ambientales y de salubridad del trabajo de adultos lo vayan a hacer si los trabajadores son niños. Decir que no se puede combatir la explotación del trabajo infantil porque ella existe es lo mismo que decir que no hay que combatir ningún delito porque el crimen existe.

Sorprende además que se utilice un lenguaje progresista para defender los intereses de quienes explotan a los niños y adolescentes. Con el argumento del derecho de los menores a la libre elección se están justificando las peores formas de explotación. Entre ellas, el trabajo de cartoneros, que viola nuestras leyes al ser nocturno, insalubre y peligroso. Realizado por niños está calificado como esclavitud por los convenios internacionales de derechos humanos que forman parte de nuestra Constitución.

Y eso que todavía no hemos hablado del miserable negocio de la prostitución infantil, tan extendido que los únicos incapaces de verla son aquellos encargados de combatirla.

Al respecto, sería bueno recordar que los menores que trabajan no son cuentapropistas sino que existen organizaciones mafiosas que los explotan. Esas organizaciones ahora están cometiendo un delito y necesitan de un cambio en las leyes que les blanquee ese infame negocio. Al mismo tiempo, decidirse a aplicar las leyes de erradicación del trabajo infantil tendría las siguientes consecuencias:
Las empresas (legales o mafiosas) que hoy explotan a los menores se verían obligadas a contratar adultos.
El Estado tendría que cumplir con su obligación de becar a los niños a los que sus familias no pueden sostener y enviarlos a la escuela.
Se trata, como vemos, de una simple cuestión de dinero.

Tal vez el análisis histórico del tema nos ayude a reflexionar sobre él. La explotación laboral masiva de los niños se inicia en Gran Bretaña con la Revolución Industrial durante los siglos XVIII y XIX, que encadenó los niños a las minas de carbón y a las máquinas de vapor. El autor que ha estudiado con mayor detalle las consecuencias sociales y ambientales de ese desdichado período de la historia humana es Carlos Marx y en esta entrega ustedes reciben una selección de textos de capítulo VIII de su obra "El Capital", dedicado al estudio del trabajo infantil en la Inglaterra del siglo XIX.

Los episodios sórdidos que describe, el cinismo de quienes defienden la explotación de los menores y la indiferencia o complicidad de algunas autoridades nos resuenan, a menudo, como demasiado próximos. Si bien se utilizó cualquier clase de argumento, el motivo de fondo es que a los niños se les pagaba menos que a los trabajadores adultos, lo que, además, permitía mantener bajos los salarios de los adultos. Y eso vale tanto para los industriales de la Inglaterra de 1840 como para los mafiosos que explotan a los niños en la Buenos Aires de 2004.

Se me ocurre que comparar nuestra realidad actual con la de dos siglos atrás podría ayudar a que tanto tiempo no haya pasado en vano.

Un gran abrazo a todos.

Antonio Elio Brailovsky



[i] Lazo, Alejandra: “El Gobierno porteño aún no regularizó a los chicos cartoneros”, en Noticias Urbanas, 27/72004
[ii] Feinmann, Virginia: “Trabajo infantil: debate entre opuestos”, en: Hecho en Bs. As., año 4, N°48, agosto de 2004.


El Estado tiene que sacarlos de la calle y mandarlos a la escuela (Bartolomé Esteban Murillo:
"Niños mendigos que juegan a los dados", óleo sobre tela, Alte Pinakothek, Munich, 1675)


LA JORNADA LABORAL Y LA EXPLOTACIÓN DEL TRABAJO INFANTIL
(Selección de textos de "El Capital", capítulo VIII, 1 edición 1872)

Por Carlos Marx


Hasta aquí hemos considerado el afán de prolongar la jornada laboral, la voracidad canibalesca de plustrabajo, en un dominio en que exacciones monstruosas no sobrepujadas, como dice un economista burgués británico, por las crueldades de los españoles contra los indios americanos han sujetado por fin el capital a la cadena de la reglamentación legal. Volvamos ahora la mirada a algunos ramos de la producción en los cuales la explotación del trabajo aun hoy carece de trabas o carecía de ellas hasta ayer.
"En su calidad de presidente de un mitin realizado en la alcaldía de Nottingham el 14 de enero de 1860, el señor Broughton, juez de condado, declaró que en la parte de la población urbana ocupada en la fabricación de encajes imperaba un grado de privación y sufrimiento desconocido en el resto [...] del mundo civilizado... A las 2, a las 3, a las 4 de la mañana se arranca de las sucias camas a niños de 9 a 10 años y se los obliga a trabajar por su mera subsistencia hasta las 10, las 11 o las 12 de la noche, mientras sus miembros se consumen, su complexión se encanija, se les embotan los rasgos faciales y su condición humana se hunde por completo en un torpor pétreo, extremadamente horrible de contemplar [...]. No nos sorprende que el señor Mallett o cualquier otro fabricante se presente y proteste contra toda discusión... El sistema, tal como lo describe el reverendo Montagu Valpy, es un sistema de esclavitud no mitigada: social, física, moral y espiritualmente... ¿Qué se podrá pensar de una ciudad que realiza una asamblea pública para solicitar que el período de trabajo para los hombres se reduzca a 18 horas diarias?... Peroramos contra los plantadores virginianos y carolinos. ¿Pero su mercado de negros, con todos los horrores del látigo y el tráfico de carne humana, es más detestable que este lento sacrificio de seres humanos, efectuado para que se fabriquen encajes y cuellos en beneficio del capitalista?".
La alfarería de Staffordshire ha sido objeto, durante los últimos 22 años, de tres investigaciones parlamentarias. Basta para mi objeto tomar, de los informes de 1860 y 1863, algunas declaraciones testimoniales de los mismos niños explotados. La situación de los menores permite deducir cuál es la de los adultos, ante todo la de las muchachas y mujeres, y ello precisamente en un ramo industrial a cuyo lado el hilado del algodón y actividades semejantes resultan ser ocupaciones agradabilísimas y salubres.
William Wood, de nueve años, "tenía 7 años y 10 meses cuando empezó a trabajar". El niño, desde un principio, llevaba al secadero la pieza ya moldeada, para después traer de vuelta el molde vacío. Todos los días de la semana entra a las 6 de la mañana y termina de trabajar a las 9 de la noche, aproximadamente. "Trabajo todos los días de la semana hasta las 9 de la noche. Así lo hice, por ejemplo, durante las últimas siete u ocho semanas." ¡Quince horas de trabajo, pues, para un niño de siete años! J. Murray, un chico de doce años, declara: "Entro a las 6 de la mañana. A veces a las 4. Anoche trabajé toda la noche, hasta las 8 de esta mañana. Desde antenoche no me meto en la cama. Hubo otros ocho o nueve muchachos que trabajaron toda la noche. Todos, menos uno, volvieron esta mañana. Me pagan por semana 3 chelines y 6 peniques" "No me pagan más cuando me quedo toda la noche trabajando. En la última semana trabajé dos noches enteras." Fernyhough, un chico de diez años: "No siempre tengo una hora entera para el almuerzo, muchas veces sólo me dan media hora, todos los jueves, los viernes y los sábados".
El doctor Greenhow declara que la duración de la vida en los distritos alfareros de Stoke-upon-Trent y Wolstanton es extraordinariamente corta. Aunque en el distrito de Stoke sólo está empleado en la industria alfarera el 36,6 % de la población masculina mayor de 20 años y en el de Wolstanton sólo el 30,4 %, en el primer distrito recaen en alfareros más de la mitad de los casos fatales provocados entre hombres de aquella categoría por las enfermedades pulmonares, y alrededor de 2/5 en el segundo de esos distritos. El doctor Boothroyd, médico práctico en Hanley, expresa: "Cada nueva generación de alfareros es más pequeña y menos robusta que la precedente". Lo mismo sostiene otro facultativo, el señor McBean: "Desde que comenzó a practicar entre los alfareros, hace 25 años, ha observado una degeneración notable, que se manifiesta especialmente en la disminución de estatura y peso".
En 1863, el doctor Arledge, médico jefe del hospital de North Staffordshire, depone: "Como clase, los alfareros, tanto hombres como mujeres, representan una población degenerada, física y moralmente. La regla es que sean de escasa estatura, de mala complexión y que tengan mal formado el tórax; envejecen prematuramente y su vida es corta; son flemáticos y anémicos y revelan la debilidad de su constitución a través de obstinados ataques de dispepsia y desórdenes hepáticos y renales, así como de reumatismo. Pero de todas las enfermedades son más propensos a las del pecho: neumonía, tisis, bronquitis y asma. Una forma de esta última enfermedad es peculiar de ellos, y se la conoce por asma del alfarero o tisis del alfarero. La escrofulosis, que ataca las glándulas o los huesos u otras partes del organismo, es una enfermedad que afecta a dos tercios o más de los alfareros. [...] Si la degenerescencia de la población de este distrito no es mayor de lo que es, ello se debe al reclutamiento constante de los distritos rurales vecinos y a los casamientos con personas de razas más sanas". El señor Charles Parsons, médico interno del mismo hospital, escribe en una carta al comisionado Longe, entre otras cosas: "Sólo puedo hablar basándome en mis observaciones personales, y no en datos estadísticos, pero no vacilo en asegurar que mi indignación se ha despertado, una y otra vez, a la vista de pobres criaturas cuya salud ha sido sacrificada para satisfacer la avaricia de sus padres o patrones". Enumera las causas a que obedecen las enfermedades de los alfareros y culmina la enumeración con "largas horas de trabajo". El informe de los comisionados manifiesta la esperanza de que "una manufactura que ha conquistado un lugar tan prominente en el mundo entero, no quede sujeta durante mucho tiempo al estigma de que su gran éxito va acompañado de la decadencia física, la difusión del sufrimiento corporal y la muerte prematura de la población trabajadora [...], gracias a cuyo trabajo y destreza se han alcanzado tan buenos resultados". Lo que vale para las alfarerías inglesas, se aplica también a las de Escocia.
La manufactura de fósforos data de 1833, cuando se inventó la aplicación de fósforo al palillo mismo. A partir de 1845 esta industria se desarrolló rápidamente en Inglaterra, y desde los sectores densamente poblados de Londres se ha expandido principalmente hacia Manchester, Birmingham, Liverpool, Bristol, Norwich, Newcastle, Glasgow, y con ella el trismo, afección que un médico vienés descubrió ya en 1845 como enfermedad específica de los trabajadores fosforeros. La mitad de los obreros son niños que no han llegado a los 13 años y menores de 18. Esta manufactura, por su insalubridad y repugnancia, está tan desacreditada que sólo la parte más desmoralizada de la clase obrera, las viudas medio muertas de hambre, etc., le suministran niños, "niños zaparrastrosos, famélicos, completamente desamparados e incultos". De los testigos a los que el comisionado White (1863) recibió declaración, 270 eran menores de 18 años, 40 no tenían 10 años, 10 sólo 8, y 5 nada más que 6 años. La jornada laboral varía: 12, 14 y 15 horas, trabajo nocturno; comidas irregulares, por lo general efectuadas en los mismos lugares de trabajo, contaminadas por el fósforo. En esta manufactura, Dante encontraría sobrepujadas sus más crueles fantasías infernales.
En las fábricas de papel de empapelar las clases más ordinarias se estampan a máquina, las más finas a mano (block printing). Los meses de actividad más intensa van de principios de octubre a fines de abril. A lo largo de ese período el trabajo suele durar, casi sin interrupción, de 6 de la mañana a 10 de la noche y hasta más tarde.
J. Leach declara: "El invierno pasado" (1862), "de 19 muchachas 6 dejaron de venir por su mala salud, derivada del trabajo excesivo. Para mantenerlas despiertas tenía que gritarles". W. Duffy: "A menudo los niños no podían mantener abiertos los ojos, de cansancio; en realidad, frecuentemente nosotros mismos casi no podíamos hacerlo". J. Lightbourne: "Tengo 13 años... El último invierno trabajamos hasta las 9" (de la noche) "y el anterior hasta las 10. El último invierno las llagas en los pies casi todas las noches me hacían gritar". G. Apsden: "A este chico mío [...] cuando tenía 7 años acostumbraba llevarlo a la espalda, por la nieve, ida y vuelta, ¡y casi siempre él trabajaba 16 horas por día!... No pocas veces me arrodillé para darle de comer, mientras él estaba ante la máquina, pues no podía abandonarla ni detenerla". Smith, gerente y socio de una fábrica de Manchester: "Nosotros" (se refiere a su "mano de obra", a la que trabaja para "nosotros") "trabajamos sin interrupción para las comidas, de modo que la jornada laboral de 10 1/2 horas finaliza a las 4 1/2 de la tarde, y todo lo que viene después es sobretiempo". (Nos preguntamos si realmente este señor Smith no hace alguna pausa para comer algo durante 10 1/2 horas.) "Nosotros" (el mismo señor Smith) "rara vez abandonamos el trabajo antes de la 6 de la tarde" (se refiere al consumo de "nuestras" máquinas de fuerza de trabajo), "con lo cual realmente trabajamos" "sobretiempo durante todo el año... Para todos éstos, niños y adultos por igual" (152 niños y muchachos menores de 18 años y 140 adultos), "el trabajo medio durante los últimos 18 meses ha sido por los menos de 7 jornadas y 5 horas por semana, o 78 1/2 horas semanales. Durante las seis semanas que terminaron el 2 de mayo de este año", "el término medio fue más elevado: ¡84 horas por semana!" No obstante, el mismo señor Smith, agrega con sonrisa satisfecha: "El trabajo a máquina es liviano". Y otro tanto dicen los que utilizan el block printing: "El trabajo manual es más salubre que el trabajo a máquina". En su conjunto, los señores fabricantes se pronuncian con indignación contra la propuesta de "detener las máquinas por lo menos durante la hora de las comidas". "Una ley", dice el señor Otley, gerente de una fábrica de papel de empapelar en el Borough (en Londres), "que permitiera trabajar, digamos, entre las 6 de la mañana y las 9 de la noche [...] nos (!) vendría muy bien, pero el horario de la Factory Act de 6 de la mañana a 6 de la tarde no nos (!) conviene... Durante el almuerzo nuestra máquina se detiene. La detención no provoca ninguna pérdida de papel y color digna de mención. Pero", agrega comprensivamente, "puedo entender que a nadie le guste la pérdida consiguiente". El informe de la comisión entiende, candorosamente, que el temor de algunas "firmas importantes" a perder tiempo, esto es, tiempo de apropiación de trabajo ajeno, y por tanto a "perder beneficios", no es "razón suficiente" para "hacer perder" su almuerzo durante 12 ó 16 horas a niños menores de 13 años y muchachos con menos de 18, ni para proporcionárselo del mismo modo que a la máquina de vapor se le suministra carbón y agua, a la lana jabón, a la rueda aceite, etcétera, durante el proceso de producción mismo, como si fuera un mero material auxiliar del medio de trabajo.
En las últimas semanas de junio de 1863 todos los diarios de Londres publicaron una noticia con el título "sensational": "Death From Simple Overwork" (muerte por simple exceso de trabajo). Se trataba de la muerte de la modista Mary Anne Walkley, de 20 años, empleada en un taller de modas proveedor de la corte, respetabilísimo, explotado por una dama con el dulce nombre de Elisa. Se descubría nuevamente la vieja historia, tantas veces contada: estas muchachas trabajaban, término medio, 16 1/2 horas, pero durante la temporada a menudo tenían que hacer 30 horas ininterrumpidas, movilizándose su "fuerza de trabajo" desfalleciente con el aporte ocasional de jerez, oporto o café. Y la temporada, precisamente, estaba en su apogeo. Había que terminar en un abrir y cerrar de ojos, por arte de encantamiento, los espléndidos vestidos que ostentarían las nobles ladies en el baile en homenaje de la recién importada princesa de Gales. Mary Anne Walkley había trabajado 26 1/2 horas sin interrupción, junto a otras 60 muchachas, de a 30 en una pieza que apenas contendría 1/3 de las necesarias pulgadas cúbicas de aire; de noche, dormían de a dos por cama en uno de los cuchitriles sofocantes donde se había improvisado, con diversos tabiques de tablas, un dormitorio. Y éste era uno de los mejores talleres de modas de Londres. Mary Anne Walkley cayó enferma el viernes y murió el domingo, sin concluir, para asombro de la señora Elisa, el último aderezo. El médico, señor Keys, tardíamente llamado al lecho de agonía, testimonió escuetamente ante la comisión forense: "Mary Anne Walkley murió a causa de largas horas de trabajo en un taller donde la gente esta hacinada y en un dormitorio pequeñísimo y mal ventilado". A fin de darle al facultativo una lección de buenos modales, la comisión dictaminó, por el contrario: "La fallecida murió de apoplejía, pero hay motivos para temer que su muerte haya sido acelerada por el trabajo excesivo en un taller demasiado lleno". "Nuestros esclavos blancos" exclamó el "Morning Star", "nuestros esclavos blancos, arrojados a la tumba a fuerza de trabajo, [...] languidecen y mueren en silencio".
"Trabajar hasta la muerte es la orden del día, no sólo en los talleres de las modistas, sino en otros mil lugares, en todo sitio donde el negocio marche...
Una categoría de fabricantes se reservó esta vez, como antaño, ciertos privilegios señoriales sobre los niños proletarios. Se trataba de los fabricantes de seda. En 1833 bramaron amenazadoramente que "si se les arrebataba la libertad de hacer trabajar a niños de cualquier edad durante 10 horas diarias, sus fábricas quedarían paralizadas". Les resultaría imposible comprar una cantidad suficiente de niños mayores de 13 años. Arrancaron el privilegio anhelado. Una investigación posterior comprobó que el pretexto era un solemne embuste, lo que no les impidió, durante un decenio, hilar seda durante 10 horas diarias con la sangre de niños pequeños a quienes había que encaramar a sillas para la ejecución de su trabajo. La ley de 1844, ciertamente, les "arrebataba" la "libertad" de hacer trabajar más de 6 1/2 horas a niños menores de 11 años, pero les aseguraba en cambio el privilegio de utilizar durante 10 horas diarias niños de 11 a 13 años, y derogaba la obligatoriedad de la enseñanza escolar, vigente para otros niños obreros.
Era éste el pretexto. "La delicadeza de la tela requiere una sensibilidad en el tacto que sólo se puede adquirir si se entra a la fábrica a edad temprana. Se sacrificaba a los niños por sus delicados dedos, exactamente como al ganado en el sur de Rusia por el cuero y el sebo. En 1850, finalmente, el privilegio concedido en 1844 se limitó a las secciones de torcido y devanado de seda, aunque aquí, para indemnizar al capital despojado de su "libertad", se aumentara de 10 a 10 1/2 horas el tiempo de trabajo de los niños de 11 a 13 años. Pretexto: "En las fábricas de seda el trabajo era más liviano que en las demás fábricas y en modo alguno tan perjudicial para la salud". La investigación médica oficial demostró más adelante, por el contrario, que "la tasa media de mortalidad es elevadísima en los distritos sederos, y entre la parte femenina de la población más alta incluso que en los distritos algodoneros de Lancashire". Pese a las protestas de los inspectores fabriles, semestralmente reiteradas, este abuso se sigue cometiendo.
La ley de 1850 sólo en el caso de "personas jóvenes y mujeres" convirtió el período en 15 horas que va de las 5.30 de la mañana a las 8.30 de la noche, en período de 12 horas entre las 6 de la mañana y las 6 de la tarde. No lo hizo, por tanto, en el caso de los niños, que siguieron siendo utilizables 1/2 hora antes del comienzo y 2 1/2 horas después del término de ese período, si bien la duración total de su trabajo no debía exceder de 6 1/2 horas. Durante la discusión de la ley, los inspectores fabriles presentaron al parlamento una estadística sobre los infames abusos relacionados con esa anomalía. En vano, sin embargo. En el fondo, acechaba la intención de volver a elevar a 15 horas, en los años de prosperidad, la jornada laboral de los obreros adultos, utilizando a tal fin a los niños. La experiencia de los 3 años siguientes mostró que esa intentona habría de fracasar gracias a la resistencia de los obreros varones adultos. Por ello, la ley de 1850 se complementó finalmente en 1853 con la prohibición de "emplear niños por la mañana antes y por la noche después de las personas jóvenes y mujeres". A partir de entonces, con pocas excepciones, la ley fabril de 1850 reguló la jornada laboral de todos los obreros en los ramos industriales sometidos a ella. Desde la promulgación de la primera ley fabril había transcurrido medio siglo.
Con la "Printworks Act" (ley sobre los talleres de estampado de telas) de 1845, la legislación se extendió por primera vez más allá de su esfera originaria. Cada línea de la ley denota el desagrado con que el capital toleró esta nueva "extravagancia". Se limita a 16 horas, entre las 6 de la mañana y las 10 de la noche, sin ninguna pausa legal para las comidas, la jornada laboral de los niños de 8 a 13 años y de las mujeres. La ley permite que se haga trabajar discrecionalmente, día y noche, a los obreros varones mayores de 13 años. Se trata de un aborto parlamentario.

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