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No hace falta ir demasiado lejos en el ejercicio de la política comparada para notar que el desarrollo social, cultural y político de la democracia Argentina, en relación con otras experiencias de la región, es de una calidad visiblemente inferior.

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22-11-2004

UN ESBOZO SOBRE LA POLÍTICA DEMOCRÁTICA, ARGUMENTOS PARA UNA DISCUSIÓN

Buenos Aires, Noviembre de 2004


Aún con los condicionantes que marcan las características periféricas de la región, y con los retrocesos propios de una construcción tan compleja, tanto Brasil, Chile y Uruguay han demostrado ser capaces, en la veintena de años que lleva la recuperación institucional democrática de marcados avances. Teniendo en cuenta incluso las divergentes culturas políticas que se desarrollan en la región e, incluso, evidentes signos de conservadurización, todos nuestros vecinos han podido caminar hacia delante en sus itinerarios democráticos. No estamos hablando de sociedades igualitarias ni de sociedades de libertades consolidadas, hablamos de sociedades que se han decido a la búsqueda de esos objetivos y que construyen su sentido común de progreso bajo ese consenso.
No puede decirse lo mismo en el caso de nuestra patria. Los veinte años transcurridos nos encuentran hoy mucho mas lejos de mínimos de equidad aceptables, con instituciones visiblemente cuestionadas por la ciudadanía, con una escasísima rotación de los “elencos” políticos aún luego de demostrar sus rotundas insolvencias y con una morfología de nuestra construcción colectiva que lleva más a la desazón que a la esperanza.
Tal vez el peor de los escenarios que se le plantean hoy a la sociedad argentina es aquel que pasa inadvertido por un gran número de políticos profesionales y de ciudadanos.
La clausura de la política democrática es el gran nudo que debemos estar en condiciones de deshacer. Esta clausura, que tiene múltiples aristas y que no reconoce un solo y fácilmente identificable emergente, actúa como el impedimento mayor.
La política democrática se encuentra clausurada por el desprecio institucional por el desprecio hacia el compromiso democrático que supone luchar por la dignidad de las mayorías en un marco de libertad y rendirse a los posibilismos mas abyectos y degradantes que han constituido la forma de hacer política de los partidos mayoritarios.
La política democrática es presa, además, de la escasa vocación práctica de cambio de aquellos que se proclaman como sus portadores.
El vacío de las palabras, la invocación a una memoria sectaria, la utilización a modo de exorcismo de un léxico supuestamente reformista e inclusivo ha terminado por convertirse en el esquema de justificación de un estado de cosas vergonzoso.
La Argentina además, no ha parado de desperdiciar oportunidades históricas, ha desperdiciado la dimensión liberal de sus inicios como nación, ha despilfarrado el carácter popular de sus primeros partidos de masas y ha perdido la posibilidad de aggiornar su pensamiento y su práctica política tras la recuperación democrática. A tal punto se ha llegado que, aún reconociendo la importancia de la dinámica de los cambios, de las voluntades y acuerdos colectivos, aparece como un escenario sumamente improbable la emergencia de espacios de reformismo político que convoquen y estimulen a los ciudadanos de la calle, de las oficinas, de las fábricas y de las universidades.
La regresión social, la inequidad fiscal, la extranjerización y concentración del capital y el cinismo cultural tienen que ver con esta clausura de la política democrática.
Empezar a pensar y a trabajar colectivamente para desmontar este cerrojo del privilegio es el desafío planteado y debiera ser la responsabilidad contraída.
Noviembre 2004, República Argentina
La actual administración del Justicialismo divide aguas. Quizás sea por efecto de comparación con anteriores experiencias, quizás por méritos propios, el caso es que a partir de la presidencia de Kirchner se ha venido operando una serie de modificaciones, sobretodo en el plano simbólico, que merece atención por sus particularidades.
Esta gestión ha sido capaz de concebir, acaso sin quererlo, las mas variadas y curiosas convivencias, para citar solo algunos ejemplos, antiguos cavallistas y menemistas que devinieron mágicamente en progresistas, funcionarios que nada dijeron frente a la perdida de soberanía y el retroceso democrático que ahora, sin que nada haya cambiado en la superficie ni se haya elaborado una reflexión al respecto, son los primeros en denunciar aquello que apenas unos años antes aplaudieron y ayudaron a desplegar.
Ha sido capaz también, acaso sin merecerlo, de la portación de atributos más fenomenales de los últimos tiempos. Este aparece como el gobierno de la unidad progresista latinoamericana, sin que tengamos un solo dato histórico, de herencia intelectual, de organización práctica que permita asimilar esta experiencia con cualquiera de las de nuestros hermanos Brasil, Chile o Uruguay. Este aparece como el gobierno de la inflexibilidad al momento de las negociaciones por la deuda, de la recuperación de la industria nacional, de las reivindicaciones de los derechos humanos, mientras tanto, se declara al FMI como acreedor privilegiado, se llevan adelante convenios que acentúan el carácter de exportador de productos primarios de nuestro país y diecisiete millones de argentinos son pobres.
El partido justicialista se ha esmerado en demostrar que es el único que puede gobernar la Argentina y ha tenido éxito en este intento. Es el mismo partido que se proclama como el constructor histórico del empleo, de la producción nacional y de las mejoras en las condiciones de vida de los mas pobres, es el mismo partido que destruyó todo eso en los 90 y es ahora el que nos dice que esta en condiciones de reinstalarlos.
Quizás por este éxito estemos en Noviembre de 2004 con un sistema político articulado casi con exclusividad a su alrededor e incluso se ha llegado a enunciar una curiosa teoría política en la que los conceptos de oposición y de oficialismo han perdido sentido.
Lo expuesto constituye un grave riesgo democrático y en rigor de verdad, el oficialismo actual no ha hecho otra cosa que fomentar estas visiones y profundizarlas.
Tal vez sea éste el rasgo constante del gobierno, construir escenarios de espectacularidad discursiva al tiempo de conservadurizar sus prácticas y sus esquemas de decisión. Esto en un doble sentido, en aquellos momentos en que están en juego situaciones de inequidad y conflictos del presente le contrapone la agenda del pasado y en aquellos momentos en que hace falta gestionar lo público de manera democrática se refugia en encendidas declaraciones que esconden el carácter conservador de las políticas. Valga por caso, los anuncios de obras públicas al inicio del mandato, el megaplan de seguridad, la supuesta “fortaleza” frente a los organismos de crédito internacional, la relación con China y los superpoderes para el jefe de gabinete.
Este gobierno ha dado escasas muestras de querer desmontar la matriz de desigualdades que se generaron en el pasado, sin contar que participó de la aventura devaluatoria tal y como se llevo adelante sin interponer ni una coma, a sabiendas que mas de cuatro millones de compatriotas eran empujados a la miseria y a la penuria.
Todo el esquema de atención a la pobreza se parece mucho más a la implantación de mecanismos de control social que a una verdadera estrategia contra la desigualdad. En rigor de verdad, y con muchas herramientas a la mano, superávit, cierta recuperación inevitable de la economía, controlado nivel de conflicto social, el Gobierno del Justicialismo ha elegido gestionar naturalizando las desigualdades y la pobreza. Por lo demás, no ha avanzado en la regulación del capital más concentrado y le garantiza ganancias extraordinarias.
Desde ésta perspectiva, y siempre bajo la luz de espectaculares anuncios, no se ha avanzado en criterios creativos para que los más débiles dejen de serlo y se han tomado todos los recaudos para que, mediante políticas focalizadas y no universales, los más pobres continúen bajo la influencia del clientelismo político planteado por el P.J. sobretodo en su versión bonaerense.
El gobierno dice de si mismo, y ha encontrado bastante eco en otrora punzantes periodistas de medios progresistas, que lo mejor que tiene es la capacidad para imponer un discurso de cambio. Es una observación sugerente, pero queremos hacer notar nuestra divergencia. Si interponemos frente a la sociedad un juego de lenguaje, un tono discursivo ligado a la reforma de lo establecido pero no avanzamos hacia allí desde posiciones, discusiones y acciones concretas nos encontramos frente a la posibilidad de que la sociedad comience a desconfiar, ya no del emisor, sino de los contenidos de la emisión. Así las cosas, la constante enunciación reformista, cuando no va acompañada por mejoras sustantivas en la vida cotidiana termina por hacer que la ciudadanía impugne la totalidad del universo simbólico involucrado y así queda prisionera, en los hechos y el pensamiento, de estrategias que reproducen la crueldad social.
Noviembre de 2004, Ciudad Autónoma de Buenos Aires

La política en la Ciudad de Buenos Aires tiende a amplificar sus rasgos positivos y negativos. En éste caso, a la peculiar instancia nacional se le agrega una complejidad creciente en el plano de nuestro distrito.
El examen se torna arduo toda vez que hay que reconocer que quien gobierna la ciudad llegó allí tras la construcción de una coalición electoral reformista. Esto se acrecienta toda vez que aún cuando no están en condiciones de sostenerlo desde la aplicación de las políticas públicas, en el imaginario colectivo siguen manteniendo una importante presencia reformista.
Si se mira el sistema político de la Ciudad, el Gobierno local ha llevado adelante un acercamiento al Gobierno Nacional que ha terminado por cuestionar, aún más de lo que ya estaba, el estatuto de autonomía de la Ciudad.
Nuestro distrito, que cuenta con la constitución mas avanzada del país, y que concibe su autonomía con rango constitucional, ha avanzado muy poco en ese camino. La responsabilidad, compartida con las anteriores administraciones, recae en la actual porque ella misma se erigió frente a la ciudadanía como modelo de cambio.
Más aún, los procesos de participación ciudadana no han sido promovidos con la vocación que una verdadera gestión reformista requiere, lo que termina por una impugnación colectiva sobre los mecanismos y no sobre quienes lo llevan adelante.
El Gobierno, además, no tiene ninguna política para dar cuenta del fenómeno social mas lacerante que se viene desplegando en su territorio, esto es la distribución desigual de bienes y capacidades de toda naturaleza entre los ciudadanos y entre las distintas geografías al interior de la Ciudad.
La desigualdad entre el norte y el sur, la nueva morfología en la estructura social de la Ciudad con la emergencia del fenómeno de la nueva pobreza “de puertas adentro” que genera situaciones inéditas en gran parte de la población sin que desde el estado siquiera se les otorgue visibilidad.
El gobierno de la Ciudad actúa como si estos nuevos fenómenos no existieran, como si no tuvieran relación con la construcción democrática y como si se fueran a solucionar de manera mágica, bajo el influjo de sus enunciaciones supuestamente reformistas.
El actual gobierno, en suma, le garantiza a los empresarios su rentabilidad gracias a los contratos por obras y servicios, le garantiza a la peor estirpe sindical sus prebendas mediante el mantenimiento de relaciones privilegiadas, le garantiza sus espacios al sistema político loteando el aparato estatal entre sus socios de ayer y de hoy pero no quiere garantizarles a los ciudadanos ni el pleno ejercicio de su ciudadanía ni niveles de dignidad acorde con cualquier visión reformista de la política y la gestión.
En este mismo sentido, el Gobierno de la Ciudad ha dado muestras de una torpeza injustificable al momento del diseño de políticas que actúen con un grado de equidad y que sostengan el desarrollo de la Ciudad. En rigor de verdad, no existe un pensamiento estratégico sobre la Ciudad, no se sabe hacia donde va dirigida su política de desarrollo, se desconoce por completo que papel quiere jugar en el establecimiento de ciudades globales de la región y nada se hace para restituir a los ciudadanos sus derechos de participación.
Estos puntos se engrandecen cuando se los mira bajo el cristal que de algún modo enunciábamos para el caso nacional. Todas estas falencias que marcamos son llevadas adelante por un Gobierno fruto de una coalición (electoral, no política) reformista, más aún, por una coalición que se forma para frenar el avance de la derecha. Cuando se traiciona el mandato popular desde este lugar, y, cuando se tienen sobradas muestras de acuerdos políticos con esa derecha política, lo que cae en el descrédito público es el universo simbólico del llamado progresismo o reformismo democrático.
La comunión de intereses entre el Gobierno local y el nacional colaboran en muy poco para que se pueda establecer una resignificación de la legitimidad democrática que involucren las nuevas formas de la subjetividad política y que implican el establecimiento de mediaciones democráticas que favorezcan la construcción colectiva. La Ciudad de Buenos Aires puede ser el mejor terreno de experimentación para que la relación entre el estado, la ciudadanía y la política alumbre una nueva forma democrática.
Entonces.....en noviembre de 2004
De acuerdo a lo que hemos planteado, a nuestros diagnósticos sobre el Gobierno Nacional y sobre el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y en la inteligencia en la necesidad de articular un espacio político, social y cultural que, desde un horizonte plural suscite la esperanza colectiva, queremos expresar nuestro acuerdo con todo intento por no fraccionar aún más de lo está, la franja política que corre desde la izquierda democrática hasta el centro.
Queremos dejar nuestro explícito acuerdo con la construcción de un espacio opositor a las políticas públicas del Gobierno Nacional y del Gobierno de la Ciudad, pero que lo hacemos con la total responsabilidad de quienes han participado, mediante la discusión, la provisión de ideas y hombres en una construcción que respete esos horizontes.
No somos nosotros quienes nos hemos corrido, seguimos pensando desde el mismo lugar que es necesario democratizar la riqueza y las decisiones.
Proponemos que nos planteemos una genuina revisión de las prácticas políticas propias para así aspirar a la novedad desde lugares más legítimos, creemos en la necesidad de profundizar la democracia contra toda forma de ejercicio de la violencia y como modo adecuado para que los poderosos no sigan ejerciendo crueldad sobre los débiles.
Hacemos política desde los principios, con los valores de la cultura política del pasado y con la certeza de que hace falta generar otras formas de interpelación a los colectivos. Hacemos política desde los problemas concretos de la ciudadanía y respetando sus construcciones, por eso sabemos que no es posible desatender los criterios de oportunidad y de responsabilidad.
Hay elecciones en el 2005 y ese acontecimiento electoral preparará el escenario político del futuro.
Porque creemos en que es indispensable la construcción de una opción política capaz de revisarse, porque sabemos que hay que cambiar discursos y prácticas, vamos a colaborar en la construcción de una fuerza política plural y transformadora.
Tenemos que construir algo que no existe, hay que darle forma a una institución que no aparece, tenemos que pensar la democracia.
En el 2005, hay elecciones, Iniciativa Democrática Popular, por todo lo antedicho va a aportar a la candidatura de Elisa Carrió en la Ciudad de Buenos Aires.
Esta decisión se encuentra sustentada en la necesidad de cambiar la política para cambiar la sociedad, para que no sea un hecho que nuestros hijos no vivirán mejor que sus padres, para discutir la realidad que marca que los que mas sufren no puedan ni pensar en recuperar la dignidad de una mesa servida, en definitiva, para poder pensar una vida democrática común a todos, en donde valga menos el pasado o lo que podría haber sido que la esperanza en lo que la democracia argentina puede llegar a ser.

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