imanes Magneto
Fecha 09 - 06 - 2006 - Portal del Barrio de Palermo Soho, Hollywood, Madison, Sensible, Las Cañitas, Villa Freud y Nuevo Palermo
imanes Magneto


Ex vecino, Jorge Luis Borges murió en Ginebra el 14 de junio de 1986.

En el rudo Buenos Aires de comienzos de siglo había sido objeto de acoso escolar: «Borges había ido a un colegio del barrio de Palermo -que en aquel momento era un barrio muy humilde y peligroso-- y allí había sido objeto de burlas referentes a su torpeza y a su miopía. Lo llamaban «cuatro ojo» y le rompían las gafas, cosa que lo marginaba y lo convertía en un niño raro e inadaptado. En Ginebra, por el contrario, pasó a ser respetado y valorado por sus lecturas y por su precoz inteligencia».

Fuente: José Luis García Martín

Veinte años de la muerte del maestro

Escribió Borges, en uno de sus más memorables sonetos, que había cometido el peor de los pecados: no haber sido feliz. Pero sus últimos años, tras el encuentro con María Kodama, parecieron desmentir esa afirmación. A partir de Historia de la noche (1977) sus libros de versos le irán siendo ofrecidos con hermosas palabras («Inscripción» las titula siempre Borges): «Como todos los actos del universo, la dedicatoria de un libro es un acto mágico. También cabría definirla como el modo más grato y más sensible de pronunciar un nombre. Yo pronuncio ahora su nombre, María Kodama. Cuántas mañanas, cuántos jardines del Oriente y del Occidente, cuánto Virgilio».


La boda, poco antes de la muerte en Ginebra, pareció culminar aquella peculiar historia de amor. Pero toda moneda tiene dos caras. Y el intelectual cuento de hadas deja entrever un trasfondo de pesadilla. El último viaje, con Borges ya secretamente muy enfermo, fue casi clandestino. María Kodama cuenta que dejaron Buenos Aires sin avisar a nadie «porque le habría resultado muy difícil despedirse de sus amigos por última vez...».


Pero sus amigos y sus familiares piensan otra cosa: que se lo llevó sin dejarlo despedirse de ninguno de ellos para que no pudieran influir en sus decisiones finales, muy precisa y fríamente calculadas. De hecho, Borges llamó, sin que María Kodama lo supiera, a su mejor amigo, Adolfo Bioy Casares, con el que cenaba todas las noches cuando ambos estaban en Buenos Aires hasta que ella decidió interrumpir esa relación. En 1993, Bioy le contó su conversación a María Esther Vázquez. «Que te vaya muy bien», parece que le dijo finalmente. Y Borges respondió: «No me va a ir bien; estoy muy enfermo. El médico me ha desahuciado. Me moriré por ahí, no sé dónde. Pero María quiere que nos vayamos. Qué importa. Cualquier lugar es bueno para morir».


Poco antes de aquel viaje, María Kodama le había cambiado a Borges de abogado, también de médico. El testamento de Borges estaba fechado en 1979: en él dejaba la mitad de su dinero en efectivo y el depositado en bancos del país y del extranjero a Fani, Epifanía Uveda de Robledo, la mujer que los había cuidado a él y a su madre durante medio siglo; la otra mitad, y a instancias precisamente de Fani, era para María Kodama. Poco antes del viaje final, redacta un nuevo testamento y en él la única heredera era María Kodama; a Fani le deja sólo un puñado de australes, que la inflación redujo todavía más: apenas si daban para pagar una comida en un discreto restaurante.


En abril de 1986 se casa Borges y cuatro días antes de anunciarse el casamiento llegan al apartamento de Maipú 994 un oficial de los Juzgados, el nuevo abogado de Borges y un amigo de María Kodama a levantar inventario de todos sus bienes. Fani al principio no los quiere dejar pasar. El funcionario dice que en ese caso está facultado para llamar a un cerrajero. Lo registran todo, lo anotan todo, arman tanto alboroto que los vecinos creen que están asaltando la casa del escritor y llaman a la Policía. Luego precintan el apartamento y dejan a Fani en la zona de servicio, que no tenía acceso a la escalera y sí a un ascensor que siempre estaba estropeado. Allí quedó encerrada Fani durante 25 días (sólo podía salir a la calle con ayuda de los vecinos) hasta que, después de 38 años de vivir en ella, dejó aquella casa para siempre.


Para María Kodama Borges era la persona más libre que había conocido: «Jamás se plegaba a nadie y nadie le obligó a hacer o a decir algo en contra de su voluntad». Si quiso morir en Ginebra, lejos de su mundo y de sus amigos, era porque la ciudad le traía buenos recuerdos.

En el rudo Buenos Aires de comienzos de siglo había sido objeto de acoso escolar: «Borges había ido a un colegio del barrio de Palermo -que en aquel momento era un barrio muy humilde y peligroso-- y allí había sido objeto de burlas referentes a su torpeza y a su miopía. Lo llamaban «cuatro ojo» y le rompían las gafas, cosa que lo marginaba y lo convertía en un niño raro e inadaptado. En Ginebra, por el contrario, pasó a ser respetado y valorado por sus lecturas y por su precoz inteligencia».


Borges murió el 14 de junio de 1986. Cuatro días después fue enterrado en el cementerio de Plain-Palais. En uno de los lados de la lápida, obra del escultor argentino Eduardo Longato, están grabados en su idioma original los dos versos de la Völsunga Saga que encabezan su cuento Ulrica. Traducidos dicen así: «Él tomó su espada, "Gram", y colocó el metal desnudo entre los dos». Aluden al hecho de que el protagonista del poema, Sigurd, durmió tres noches con su amada Brynhild y, para no tocarla, colocó su espada «Gram» en medio (no deja de resultar extraña esa cita, que parece aludir a un amor no consumado, como compendio de una historia de amor). Debajo de los versos aparece una dedicatoria: «De Ulrica a Javier Otárola». María Kodama siempre consideró que los protagonistas del relato eran Borges y ella y de ahí los nombres que aparecen en la dedicatoria. Una nave vikinga con la vela desplegada completa este lado de la lápida. En el reverso aparece el nombre del escritor, un medallón con ocho guerreros, la frase «And ne forthedon na», una cruz de Gales y «las dos abstractas fechas» que era lo único que Borges pedía para su tumba: 1899-1986.


El mismo día del entierro en Ginebra, al que no asistió ningún familiar del escritor, su hermana Norah, compañera de la aventura ultraísta en la España de los años veinte, publicó una carta en el periódico «La Nación», de Buenos Aires: «Me he enterado por los diarios que mi hermano ha muerto en Ginebra, lejos de nosotros y de muchos amigos, de una enfermedad terrible que no sabíamos que tuviera. Me extraña mucho que su última voluntad fuera ser enterrado ahí, ya que siempre quiso estar con sus antepasados y con nuestra madre en la Recoleta (no en el Cementerio Británico como dice el apoderado). Aunque él esté muerto, los recuerdos de toda una vida nos siguen uniendo».


Escuchamos todas esas historias finales, tan de novela negra, tan de viuda negra (aunque siempre vistiera de blanco) y recordamos unos versos premonitorios dedicados «A un poeta menor de la Antología»: «Pero los días son una red de triviales miserias, / ¿y habrá suerte mejor que la ceniza / de que está hecho el olvido».


La verdad no tiene una sola cara. Borges amaba y temía a su madre autoritaria, gracias a la cual pudo realizar su obra, pero que frustró muy eficazmente todas sus relaciones sentimentales; Borges amaba y temía a María Kodama, tras su frágil apariencia no menos enérgica que aquella madre castradora. Era sincero cuando llamaba a escondidas a Bioy, su amigo y su colaborador de tantos años, para confesarle que se sentía arrastrado y casi secuestrado por una voluntad más fuerte que la suya. Pero no era menos sincero cuando al frente de Los conjurados, su última obra, escribía: «De usted es este libro, María Kodama. ¿Será preciso que le diga que esta inscripción comprende los crepúsculos, los ciervos de Nara, la noche que está sola y las populosas mañanas, las islas compartidas, los mares, los desiertos y los jardines, lo que pierde el olvido y lo que la memoria transforma, la alta voz del muecín, la muerte de Hawkwood, los libros y las láminas? Sólo podemos dar lo que ya hemos dado. Sólo podemos dar lo que ya es del otro. En este libro están las cosas que siempre fueron suyas. ¡Qué misterio es una dedicatoria, una entrega de símbolos!».


Qué misterio es una vida, cualquier vida. Qué misterio una muerte, cualquier muerte. El hombre Borges, que fue tantos hombres, una multitud, como todos nosotros, está lleno de sombra; en su obra, en cambio, no hay ni una sombra, ni una arruga ni un borrador perecedero. Toda es música y magia, cordial inteligencia apasionada, alegría para siempre.


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