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En el rudo Buenos Aires
de comienzos de siglo había sido objeto
de acoso escolar: «Borges había
ido a un colegio del barrio de Palermo -que en
aquel momento era un barrio muy humilde y peligroso--
y allí había sido objeto de burlas
referentes a su torpeza y a su miopía.
Lo llamaban «cuatro ojo» y le rompían
las gafas, cosa que lo marginaba y lo convertía
en un niño raro e inadaptado. En Ginebra,
por el contrario, pasó a ser respetado
y valorado por sus lecturas y por su precoz inteligencia».
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Fuente: José Luis García Martín
Veinte años de la muerte del maestro
Escribió Borges, en uno de sus más memorables
sonetos, que había cometido el peor de los pecados: no
haber sido feliz. Pero sus últimos años, tras
el encuentro con María Kodama, parecieron desmentir esa
afirmación. A partir de Historia de la noche (1977) sus
libros de versos le irán siendo ofrecidos con hermosas
palabras («Inscripción» las titula siempre
Borges): «Como todos los actos del universo, la dedicatoria
de un libro es un acto mágico. También cabría
definirla como el modo más grato y más sensible
de pronunciar un nombre. Yo pronuncio ahora su nombre, María
Kodama. Cuántas mañanas, cuántos jardines
del Oriente y del Occidente, cuánto Virgilio».
La boda, poco antes de la muerte en Ginebra, pareció
culminar aquella peculiar historia de amor. Pero toda moneda
tiene dos caras. Y el intelectual cuento de hadas deja entrever
un trasfondo de pesadilla. El último viaje, con Borges
ya secretamente muy enfermo, fue casi clandestino. María
Kodama cuenta que dejaron Buenos Aires sin avisar a nadie «porque
le habría resultado muy difícil despedirse de
sus amigos por última vez...».
Pero sus amigos y sus familiares piensan otra cosa: que se lo
llevó sin dejarlo despedirse de ninguno de ellos para
que no pudieran influir en sus decisiones finales, muy precisa
y fríamente calculadas. De hecho, Borges llamó,
sin que María Kodama lo supiera, a su mejor amigo, Adolfo
Bioy Casares, con el que cenaba todas las noches cuando ambos
estaban en Buenos Aires hasta que ella decidió interrumpir
esa relación. En 1993, Bioy le contó su conversación
a María Esther Vázquez. «Que te vaya muy
bien», parece que le dijo finalmente. Y Borges respondió:
«No me va a ir bien; estoy muy enfermo. El médico
me ha desahuciado. Me moriré por ahí, no sé
dónde. Pero María quiere que nos vayamos. Qué
importa. Cualquier lugar es bueno para morir».
Poco antes de aquel viaje, María Kodama le había
cambiado a Borges de abogado, también de médico.
El testamento de Borges estaba fechado en 1979: en él
dejaba la mitad de su dinero en efectivo y el depositado en
bancos del país y del extranjero a Fani, Epifanía
Uveda de Robledo, la mujer que los había cuidado a él
y a su madre durante medio siglo; la otra mitad, y a instancias
precisamente de Fani, era para María Kodama. Poco antes
del viaje final, redacta un nuevo testamento y en él
la única heredera era María Kodama; a Fani le
deja sólo un puñado de australes, que la inflación
redujo todavía más: apenas si daban para pagar
una comida en un discreto restaurante.
En abril de 1986 se casa Borges y cuatro días antes de
anunciarse el casamiento llegan al apartamento de Maipú
994 un oficial de los Juzgados, el nuevo abogado de Borges y
un amigo de María Kodama a levantar inventario de todos
sus bienes. Fani al principio no los quiere dejar pasar. El
funcionario dice que en ese caso está facultado para
llamar a un cerrajero. Lo registran todo, lo anotan todo, arman
tanto alboroto que los vecinos creen que están asaltando
la casa del escritor y llaman a la Policía. Luego precintan
el apartamento y dejan a Fani en la zona de servicio, que no
tenía acceso a la escalera y sí a un ascensor
que siempre estaba estropeado. Allí quedó encerrada
Fani durante 25 días (sólo podía salir
a la calle con ayuda de los vecinos) hasta que, después
de 38 años de vivir en ella, dejó aquella casa
para siempre.
Para María Kodama Borges era la persona más libre
que había conocido: «Jamás se plegaba a
nadie y nadie le obligó a hacer o a decir algo en contra
de su voluntad». Si quiso morir en Ginebra, lejos de su
mundo y de sus amigos, era porque la ciudad le traía
buenos recuerdos.
En el rudo Buenos Aires de comienzos de siglo había sido
objeto de acoso escolar: «Borges había ido a un
colegio del barrio de Palermo -que en aquel momento era un barrio
muy humilde y peligroso-- y allí había sido objeto
de burlas referentes a su torpeza y a su miopía. Lo llamaban
«cuatro ojo» y le rompían las gafas, cosa
que lo marginaba y lo convertía en un niño raro
e inadaptado. En Ginebra, por el contrario, pasó a ser
respetado y valorado por sus lecturas y por su precoz inteligencia».
Borges murió el 14 de junio de 1986. Cuatro días
después fue enterrado en el cementerio de Plain-Palais.
En uno de los lados de la lápida, obra del escultor argentino
Eduardo Longato, están grabados en su idioma original
los dos versos de la Völsunga Saga que encabezan su cuento
Ulrica. Traducidos dicen así: «Él tomó
su espada, "Gram", y colocó el metal desnudo
entre los dos». Aluden al hecho de que el protagonista
del poema, Sigurd, durmió tres noches con su amada Brynhild
y, para no tocarla, colocó su espada «Gram»
en medio (no deja de resultar extraña esa cita, que parece
aludir a un amor no consumado, como compendio de una historia
de amor). Debajo de los versos aparece una dedicatoria: «De
Ulrica a Javier Otárola». María Kodama siempre
consideró que los protagonistas del relato eran Borges
y ella y de ahí los nombres que aparecen en la dedicatoria.
Una nave vikinga con la vela desplegada completa este lado de
la lápida. En el reverso aparece el nombre del escritor,
un medallón con ocho guerreros, la frase «And ne
forthedon na», una cruz de Gales y «las dos abstractas
fechas» que era lo único que Borges pedía
para su tumba: 1899-1986.
El mismo día del entierro en Ginebra, al que no asistió
ningún familiar del escritor, su hermana Norah, compañera
de la aventura ultraísta en la España de los años
veinte, publicó una carta en el periódico «La
Nación», de Buenos Aires: «Me he enterado
por los diarios que mi hermano ha muerto en Ginebra, lejos de
nosotros y de muchos amigos, de una enfermedad terrible que
no sabíamos que tuviera. Me extraña mucho que
su última voluntad fuera ser enterrado ahí, ya
que siempre quiso estar con sus antepasados y con nuestra madre
en la Recoleta (no en el Cementerio Británico como dice
el apoderado). Aunque él esté muerto, los recuerdos
de toda una vida nos siguen uniendo».
Escuchamos todas esas historias finales, tan de novela negra,
tan de viuda negra (aunque siempre vistiera de blanco) y recordamos
unos versos premonitorios dedicados «A un poeta menor
de la Antología»: «Pero los días son
una red de triviales miserias, / ¿y habrá suerte
mejor que la ceniza / de que está hecho el olvido».
La verdad no tiene una sola cara. Borges amaba y temía
a su madre autoritaria, gracias a la cual pudo realizar su obra,
pero que frustró muy eficazmente todas sus relaciones
sentimentales; Borges amaba y temía a María Kodama,
tras su frágil apariencia no menos enérgica que
aquella madre castradora. Era sincero cuando llamaba a escondidas
a Bioy, su amigo y su colaborador de tantos años, para
confesarle que se sentía arrastrado y casi secuestrado
por una voluntad más fuerte que la suya. Pero no era
menos sincero cuando al frente de Los conjurados, su última
obra, escribía: «De usted es este libro, María
Kodama. ¿Será preciso que le diga que esta inscripción
comprende los crepúsculos, los ciervos de Nara, la noche
que está sola y las populosas mañanas, las islas
compartidas, los mares, los desiertos y los jardines, lo que
pierde el olvido y lo que la memoria transforma, la alta voz
del muecín, la muerte de Hawkwood, los libros y las láminas?
Sólo podemos dar lo que ya hemos dado. Sólo podemos
dar lo que ya es del otro. En este libro están las cosas
que siempre fueron suyas. ¡Qué misterio es una
dedicatoria, una entrega de símbolos!».
Qué misterio es una vida, cualquier vida. Qué
misterio una muerte, cualquier muerte. El hombre Borges, que
fue tantos hombres, una multitud, como todos nosotros, está
lleno de sombra; en su obra, en cambio, no hay ni una sombra,
ni una arruga ni un borrador perecedero. Toda es música
y magia, cordial inteligencia apasionada, alegría para
siempre.
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