
La calle que se ve de fondo es Araoz.
Muchos años despúes en Bolivia donde
fúe matado por la CIA

Nuevo edificio: Entre el primer piso y el segundo
estaba el balcon del che. |
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Caminando por las calles de
Palermo, más precisamente en Aráoz y Mansilla,
me recordé el haber visto una temprana foto del Che,
en el balcón de una vieja casona ahora reemplazada por
un no muy alto edificio de departamentos.
En la foto se lo veía recostado y muy ufano como desafiante.
Con no más de veinte años. Lo imaginé en
esa cálida tarde de verano mirando la copa de los árboles,
y luego parándose para mirar las dos cúpulas de
una tradicional Iglesia de nuestro barrio, por ese entonces
fines de los cuarenta, mucho más bajo que hoy.
¿Habrá sido la energía de nuestro barrio
la que luego le permitió erigirse en una suerte de símbolo
contra la opresión? Quién lo sabe.
El Che es argentino. Pero no lo es. Azarosas circunstancias
quisieron que naciera en Rosario, que pasara una parte de su
adolescencia en Córdoba debido a sus problemas con el
asma, que luego su familia se mudara a San Isidro, pero sus
ya conocidos viajes a través de Latinoamérica
lo convirtieron en un ciudadano de nuestro continente.
Su vocación de médico
y su sensibilidad lo llevaron desde temprana edad a preocuparse
por luchar contra la centenaria opresión que azota a
nuestro continente. Y en esos tempranos viajes, uno de ellos
tan bien retratado en la película Diarios de Motocicleta
del director Walter Salles, tomó contacto con la dura
realidad que azota a cada pedazo de ella.
El Che Guevara es el argentino que más se conoce en el
mundo, porque la fama de Maradona se monta sobre el deporte
más popular, y además, porque dentro de cincuenta
años, la fama del futbolista, probablemente no tenga
esta relevancia y si la del Che.
La personalidad e imagen del Che
excede el tiempo. Su imagen esta estampada en centenares del
miles de brazos por todo el planeta como un símbolo de
pureza , de honestidad, de consecuencia. Su ya tradicional foto
tomada por el prestigioso fotógrafo Alberto Korda ha
sido tatuada en cuanto brazo haya, entre ellos los del propio
Maradona y Mike Tyson.
No quiero escribir aquí sobre la Sierra Maestra, ni sus
viajes por el continente africano, su muerte en Bolivia. Sólo
quería recordar que alguna vez el Che estuvo también
recostado en un balcón de nuestro barrio, mirando los
mismo árboles que nosotros, la mismas calles, antes revestidas
de adoquines, que nosotros, paseando por las mismas plazas y
respirando este aire. El Che es tan popular porque no permitió
que su corazón se contamine. Lejos de quedarse con un
cómodo Ministerio, salió cuantas veces pudo a
luchar por sus ideales. Y por ello es respetado por todos, incluso
por aquellos que no compartieron sus ideas.
Mientras me alejaba de esa esquina pensando en las vueltas que
tiene el destino, me pregunté porque aún nuestro
Che, el Che de todos, el de esa imagen pura pero arrolladora,
aún no tiene una calle con su nombre en nuestra ciudad.
Torturadores, corruptos, asesinos de indígenas, exterminadores,
banqueros o ladrones, pueblan con sus nombres y apellidos las
calles de nuestra ciudad y nuestro barrio. Pero nadie lleva
en su pecho una camiseta con sus imágenes. ¿Será
por eso?
Promediando los 18 años de edad, Ernesto se graduó
de Bachiller a fines de 1946. Entonces su padre le gestionó
a él y a su amigo Tomás Granado, un trabajo en
la Dirección de Vialidad en Villa María. Mientras
tanto, a principios del '47, ambos amigos comenzaron a preparar
el ingreso a la Facultad de Ingeniería de Córdoba.
Por aquellos días se había agravado la salud doña
Ana Lynch de Guevara, la abuela paterna de Ernesto, y la familia
debe mudarse nuevamente a Buenos Aires. La situación
económica de los Guevara había empeorado y la
relación entre Celia y Ernesto (padre) se estaba deteriorando.
Con Ernesto (hijo) estudiando en Córdoba, en los primeros
tiempos vivieron en la casa de la abuela. Estaba ubicada en
Arenales y Uriburu del porteño Barrio Norte. En marzo
del '47, se enfermó doña Ana y su nieto se trasladó
de urgencia a la Capital Federal para acompañarla en
sus últimos días.
El deceso de la abuela lo marcó definitivamente, a tal
punto que fue uno de los desencadenantes de la decisión
de inscribirse en la Facultad de Medicina de la Universidad
de Buenos Aires y volver a vivir con sus padres.
Una foto en el balcón de la casa de la calle Araoz
Al año siguiente se ven obligados a vender la plantación
de yerba-mate que tenían en Misiones y con ese dinero
adquieren la casa de la calle Araoz 2180, casi frente al Colegio
Guadalupe, en el barrio de Palermo. Esta sería la última
vivienda que habitaría el Che en Buenos Aires hasta su
partida definitiva en 1953.
En esa casa Ernesto tenía por dormitorio una habitación
pequeña con un gran balcón corrido que daba a
la calle. Allí compartía su cuarto con Roberto.
Tenía una cama marinera doble, un gran ropero, una cómoda,
dos pequeñas bibliotecas, una mesa y una mesita.
Durante 1948, se inscribió para cumplir con la Ley de
Enrolamiento Obligatorio, y al examinarlo, de acuerdo con los
requisitos físicos del Ejército Argentino, lo
declaran no apto para cumplir el servicio militar.
El deportista en cuestión era un joven fuera de lo común.
El tiempo y el propio Guevara se iban a encargar de confirmarlo
en los hechos. A pesar de su asma y que por ello tenía
recomendado abandonar el rugby, era muy terco y se resistía.
El comentario de quienes lo conocieron
nos pinta al Guevara de fines del '40. Tatiana Quiroga, su amiga
de la infancia, retrató a Ernesto como "una especie
de hippie enfermizo". María del Carmen Ferreyra,
Chichina, su ex novia cordobesa recordó que Ernesto "...
me fascinó; su físico obstinado y su carácter
antisolemne, su desparpajo en la vestimenta nos daba risa y,
al mismo tiempo, un poco de vergüenza (...) Éramos
tan sofisticados que Ernesto nos parecía un oprobio.
El aceptaba nuestras bromas sin inmutarse".
Para Abel Posse era "... tierno, pero aporteñadamente
arrogante. Seguro de su lugar social e insolente como para permitirse
andar con camisa sucia y zapatos de diferente color..."
, "... se permitió creer que la vida sólo
valía como aventura".
El dibujante y humorista Landrú rememora: "... mi
cuñado jugaba a los dados con sus amigos y entre ellos
estaba el Che Guevara. El Che era petitero. Le decían
"La Chancha" Guevara, porque después de jugar
al rugby no se bañaba y así nomás se iba
a bailar. Sus amigos lo querían mucho".
Nota: Los petiteros tenían fama de ser antiperonistas.
Vestían de una manera muy especial: con un saco corto,
con dos tajitos. En aquellos años, fines de la década
del '40 y principios de la del '50, cada vez que había
algún lío político, los peronistas iban
al Petit Café y rompían alguna vidriera.