En los últimos tiempos Palermo
se internacionalizó. El boom inmobiliario primero atacó
la vieja zona de la calle Bonpland y Humboldt.
Boliches bailables y restaurantes se
extendieron por doquier. La movida que había comenzado
en Cañitas se extendía a esta zona a la que se
denominó , como no podía ser de otra forma, Hollywood.
Poco tiempo después y al calor
de una pequeña reactivación económica después
de la debacle del 2001 vino el empuje hacia el otro lado de
Juan B. Justo.
Y claro, otra vez restaurantes, boliches,
y aquí también negocios muy prestigiosos de ropa
fashion dieron lugar a Palermo Soho.
En honor, claro, al famoso barrio neoyorquino
del mismo nombre, que queda algo al sur del bohemio Greenwich
Village.
En claves reverdecidos y rebautizados
que avanzaron sobre casas y manzanas de vecinos que no podían
resistir semejante boom inmobiliario, muchos de ellos incapaces
de incluso resistir a los aumentos de todo tipo que se producían,
comenzando por su más elemental manifestación:
el aumento de las expensas. Tentados por ofertas irresistibles,
fueron vendiendo y dando lugar a estos nuevos barrios resort.
Soho y Hollywood están de moda pero al menos desde el
punto de vista de la propiedad particular, no llegan ni a los
talones al otro sector encumbrado que está ubicado de
la Avenida Santa Fe hacia el lado de Libertador, por la calle
Oro, Cerviño o Godoy Cruz, donde se encuentran las ya
conocidas Torres donde habita el no menos célebre creador
de tantos éxitos televisivos Marcelo Tinelli.
Este sector a partir de ahora lo bautizaremos
como Madison.
Pero no todos los vecinos del viejo barrio
de Palermo sucumben ante las tentadoras ofertas. No.
Aún continúan existiendo
vecinos que quieren seguir con su viejo ritmo de vida.
Tal es el caso de una conocida vecina
de la calle Oro, a la que por precaución llamaremos "Irresistible"
quien es dueña de una propiedad bien antigua, aun con
picaportes de bronce en su vieja puerta, que siguen sin haber
sido afanados.
Ella es dueña de un terreno considerable
pero no inmenso y un día nos contó que se aparecieron
unos oferentes con más de medio millón de dólares
en su valija.
Sí. más de Medio millón.
La verdad es que no quiso confesarnos
cuanto.
Probablemente fuese aún más.
Un poco temerosa estaba, pues no podía
creer que fuésemos en realidad lo que somos: periodistas.
Cuando cerró la puerta lentamente,
se nos quedó espiando, no podía creer que no fuésemos
otros oferentes, y menos aún que no fuésemos a
robarle los herrajes de bronce.