Palermo es un barrio de tango. Y muchos tangos tienen su nombre. Y hay muchos boliches de Tango en Palermo. Este barrio acunó muchas historias. Pero una es muy singular y no queremos que se repita.
 
Fuente: Ernesto “Goyeneche” Magneto para Palermonline
Fecha:
3 de Noviembre 2007

Tel: 4774-6357
Armenia 1366
E-mail: [email protected]
Página Web: http://lavirutatango.com




¡Maldito seas, Palermo!
Me tenés seco y enfermo,
mal vestido y sin morfar,
porque el vento los domingos
me patino con los pingos
en el Hache Nacional.
Pa' buscar al que no pierde
me atraganto con la Verde
y me estudio el pedigré
y a pesar de la cartilla
largo yo en la ventanilla
todo el laburo del mes.


Atelier de Canto Mónica Rodríguez
Taller de Tango Te invitamos a conocer la historia del tango y sus diferentes estilos. A partir de esa base, exploraremos sus letras y los diferentes modos de interpretación. Para realizar un trabajo más exhaustivo, también incluiremos técnica vocal y soporte escénico.

Duración del Taller:
2 meses Miércoles de 19.30 hs. a 21 hs.
Inicio: Miércoles 4 de Mayo de 2011 Finalización: Miércoles 29 de Junio de 2011 Inscripción: Hasta el 15 de Abril de 2011
Consultas e Inscripción: 4963-9238 15 5 7689079

[email protected]
[email protected]
www.atelierdecanto.blogspot. com


No queremos que los vecinos de Palermo repitan esta historia.

Por eso la contamos. 
Magneto tenía un amigo que se hacía el macho.

El sabia que en sus inicios el Tango había sido bailado entre hombres en los burdeles, pero también, que con el tiempo se había convertido en una danza emblemática del macho argentino. Por eso, un día dejó su computadora, y se fue a

La Viruta Tango, de la calle Armenia,  a aprender a firuletear al compás del dos por cuatro.  Le costó aprender, como a cualquiera,  pues el Tango es una danza estructurada, complicada de bailar. Y ninguna mujer quiere ser “llevada” por un bailarín mediocre.  


Una vez que sintió que podía, fue varias noches al Loco Berretín, allá por Gurruchaga al mil novecientos e hizo sus primeras armas. Le costó.

Una y otra vez fue rechazado por las exigentes damas, hasta que esa noche de viernes todo cambió. La orquesta había dejado de tocar, pero empezaron a sonar tangos de Troilo y de Pugliese. 

El salón estaba en penumbras. Y los vasos de vino de más hacían que se sintiera más que el propio Virulazo.  


Fue allí que percibió del otro lado del Salón una hermosa morocha, de figura descomunal, vestida con un infartante vestido rojo calado en la espalda. Fiel a lo aprendido, hizo el cabeceo ya practicado hasta el hartazgo con figura adusta en el baño de su casa,  a lo que ella asintió con una sonrisa. 

Sonaba el Tango “Remembranzas”, cantado por Jorge Valdés, cuando se acercó lentamente, con paso ganador, y la invitó con su mano derecha a la pista de baile. Le preguntó su nombre. “Eva” contestó ella.

La tomó reciamente con su dedo medio un poco más arriba de la cintura. Y juntos dibujaron más de un ocho.  La sincronicidad de ambos era genial.

 
Los tangos y las copas fueron pasando. Milongas al compás del bandoneón fueron el motivo principal  por el que sus cuerpos ya algo sudados parecían unirse en uno solo.  Él sentía que todo lo aprendido durante esos largos ocho meses comenzaba a dar sus frutos. 

Al pasar sus mejillas se tocaron, lo que dió paso a un interminable beso. Sonaba de fondo Nostalgias, otro tango querendón. 

Los vahos de alcohol y  las milongas dulzonas se unían mientras la temperatura entre ambos iba in crescendo. Besos y amores, y más besos daban paso al frenesí y la pasión.

 
Así es que cuando las primeras parejas comenzaron a retirarse del salón de baile, nuestro amigo decidió invitar a Eva a su departamento de la calle Gorriti y Armenia, a unas pocas cuadras de distancia.

Juntos caminaron de la mano y miradas apasionadas se cruzaban. Tardaron más de la cuenta, ya que cada treinta metros, ambos no resistían y volvían a apretar contra una sombría pared.  Y así fue también en el ascensor, una vez traspuesta la puerta de calle, cuando en esos cuatro pisos interminables, él soñaba con desprenderle los botones de ese vestido tan sexy.  


Y así fue nomás, en el mismo living de su coqueto departamento. El vestido rojo cayó a los pies de Eva, ante la sorpresa de este galán tanguero.  Pero mayor fue su sorpresa cuando se dio cuenta que Eva, era en realidad Roberto.

 
Cuentan las malas lenguas que él decidió seguir. “Ya que estamos en el baile, bailemos”, dijo refunfuñando. La “dama” más que contenta, por supuesto.  Lo que sí, nuestro amigo jamás fue visto otra vez en algún boliche de Tango. Al menos que sepamos.  Dicen que el Tango perdió a un gran bailarín.


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