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Palermo, un barrio de quintas y verduleros: No es fácil para el que vive actualmente en el barrio poder imaginarlo con manzanas enteras (o gran parte de ellas) ocupadas por terrenos baldíos, quintas de frutales o de verduras o grandes depósitos. 

Fuente: Norma Drobner para Palermonline.com.ar
Sección: Historia del barrio

Fecha:
2 de marzo de 2008


QUINTAS Y VERDULEROS

No es fácil para el que vive actualmente en el barrio poder imaginarlo con manzanas enteras (o gran parte de ellas) ocupadas por terrenos baldíos, quintas de frutales o de verduras o grandes depósitos. Sin embargo, todo esto formaba parte del paisaje habitual de nuestro barrio hasta fines de la década del 40.

Ya hemos hablado de los corralones y de la quinta de Las Heras entre Ugarteche y Malabia. Hoy quiero detenerme en la media manzana de Malabia entre Gutierrez y Cabello, la que ahora, después de convertirse en Galería 555, está comenzando las etapas de la construcción de una torre y que antes estuvo ocupada por una dependencia de la Armada.

Cuando yo vine al barrio, ya estaba construido el llamado "Palacio de los Patos", que ocupa el resto de la manzana. La parte a que me refiero podría haber estado en cualquier pueblo suburbano por su aspecto. Un alambrado perimetral que incluía alambre de púas, parcelas rectangulares dedicadas a las distintas verduras, entre las que no faltaban, naturalmente, las que, como los tomates o las arvejas, necesitaban de espalderas de ramas. Cerca del edificio vecino y más o menos equidistante de ambos lados, una casita de madera donde vivían los quinteros. No recuerdo mucho de ellos, fuera de que eran personas mayores y de no muy buen carácter. La principal razón de mi ignorancia reside en que mi madre no compraba en la quinta, como lo hacían muchas personas del barrio.

En ese entonces no había muchas otras opciones. Estaban el Mercado Las Heras (hoy Paseo de la Ochava) y la feria de Cerviño, pero sólo algunos puestos del mercado mandaban a domicilio. Eso hacía que mi madre, como muchas otras señoras del barrio, prefiriera aprovisionarse en una forma que la mayoría de los jóvenes probablemente desconoce. Eran los "carritos" de verduleros y fruteros. Dentro de ellos hay que distinguir dos tipos: el que todavía puede verse algunas veces, con dos varas, entre las cuales  tira un hombre; y los más grandes, a veces de cuatro ruedas, tirados por un caballo.

Los primeros, casi siempre dedicados a unos pocos tipos de fruta (o a uno solo) en aquel entonces, como ahora, no tenían recorridos estables o permanentes. Cambiaban de producto según los periodos de abundancia y era frecuente que vendieran sus frutas en cantidades grandes, como "un ciento de ciruelas", "10 ristras de ajo", etc. Pese a los precarios medios de conservación (las heladeras eléctricas aún eran una rareza) era normal comprarlas por esas cantidades, y yo no recuerdo que se echaran a perder, aunque eso creo que debe atribuirse más bien a la costumbre de hacer dulces y compotas caseras. Al decir esto, no puedo evitar recordar el apuro con que yo avisaba el paso del vendedor de zapallos de Angola, que se convertirían en dulce del que era exclusiva consumidora.

Pero el otro tipo de carro constituía una verdadera verdulería ambulante. Los cajones de frutas y verduras se acomodaban por ambos lados y en la parte trasera. Colgando de los parantes que sostenían el techo de lona, iban los cachos de banana (que en ese entonces no se embalaban), las ristras de ajos y cebollas y alguna otra verdura que pudiera resultar decorativa, completando el adorno algún cartel y unas flores en el frente.

Estos carros no se paraban en una esquina, como los camiones de ahora. Recorrían las casas de los clientes, con un trayecto preestablecido. Se anunciaban con un pregón o tocaban el timbre.  La venta no era simplemente decir la mercadería querida, recibirla y pagarla. Incluía saludos, interrogatorios sobre los respectivos estados de salud y otras novedades, regateos, pedidos para el día siguiente, etc. Nunca supe como se las arreglaba para hacer todo su recorrido, si sólo en mi casa se quedaba cerca de media hora.

El aumento de verdulerías instaladas y la prohibición de los caballos en las calles de Buenos Aires hicieron desaparecer estos carros, cuyo sistema de trabajo dudo mucho pudiera existir en esta nuestra apurada ciudad actual.



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